Así es vivir con un trastorno de ansiedad grave

Agencia Latina de Noticias Medicina y Salud Pública

Mi ansiedad hace que me sienta atrapada en un ciclón de miedo y pensamientos negativos. Pero al igual que muchas otras enfermedades mentales, con el tratamiento y las técnicas adecuadas, puedo seguir adelante.

Como parte del sistema de estrés agudo del cuerpo humano, ante una amenaza nuestro cuerpo trabaja estimulando el ritmo cardiaco, dilatando los conductos de aire y contrayendo los vasos sanguíneos, todo lo cual aumenta el flujo sanguíneo y de oxígeno a los músculos para que podamos estar listos para huir de algo que ponga nuestra vida en peligro: un mamífero salvaje, un carro rápido o alguien peligroso. Es muy importante que funcionen las respuestas fisiológicas, solo que a veces sufrimos algún que otro cortocircuito.

Charles Darwin, que sufría de un atroz trastorno de pánico que a veces le obligaba a recluirse en casa durante años, argumentó que, en cierto modo, es muy evolucionado estar en alerta la mayor parte del tiempo. Sin embargo, la respuesta de nuestro cuerpo ante una amenaza, según Mark Williams y Danny Penman en Mindfulness: A Practical Guide to Finding Peace in a Frantic World(Conciencia plena: Guía práctica para encontrar la paz en un mundo frenético), no es consciente, sino que se controla por medio de una de las partes más primitivas del cerebro, lo que significa que a menudo la manera en que esta interpreta el peligro es un poco simplista. De hecho, no hace distinción entre una amenaza externa, como podría ser un tigre, y una interna, como por ejemplo un recuerdo preocupante o una preocupación sobre el futuro. Trata tanto las amenazas que se deben combatir como aquellas de las que se debe huir. Como investigó el redactor jefe de The Atlantic, Scott Stossel, en sus brillantes y desgarradoras memorias sobre la ansiedad, My Age of Anxiety (Mi era de la ansiedad), «Las especies que «temen adecuadamente» aumentan sus posibilidades de supervivencia. Nosotros, las personas con ansiedad, tenemos menos probabilidades de eliminar nuestros genes del banco de genes común, por ejemplo, jugando al borde de un acantilado o escogiendo ser pilotos de combate».

Pero a veces no vemos a esa persona que supone una amenaza porque es la misma que se está encargando de dirigirlo todo: uno mismo.

Llevo 15 años lidiando con la ansiedad aguda en forma de trastornos de pánico y esta ha desembocado en dos ocasiones en una grave depresión de las que te dejan enclaustrado en tu apartamento, incapaz de hacer otra cosa que ver Los Simpson en YouTube y comer galletas.

¿Acabaré psicótica, esta vez? ¿Debería llamar a una ambulancia? ¿Cuántas pastillas para dormir me tendría que tomar para dormir durante 24 horas y no morir en el intento?

Este es el tipo de preguntas que me solía hacer a mí misma, cuando estaba atrapada en una espiral de pensamiento negativo. Mi capacidad de pensar racionalmente ha ido desapareciendo de mi organismo mientras miraba fotos de mí misma de niña, diciéndome en voz alta: «¿Dónde quedó aquello?», como si hubiera dos versiones de mí misma: versión 1.0: antes de la ansiedad y versión 2.0: después de la ansiedad.

Pero esta teoría no es completamente descabellada. Por medio de la TCC(Terapia Cognitiva Conductual) he conseguido identificar la raíz de mi ansiedad: una impresionante experiencia cercana a la muerte cuando se me reventó el apéndice y que se llevó por delante cerca de seis meses de mi vida. Resulta que, si eres un niño o una niña sensible y se te va gangrenando poco a poco el cuerpo y debilitándose tanto que tienes que recuperarte en cuidados intensivos, todo esto puede llegar a tener un gran impacto en tu futuro bienestar mental, sobre todo si las consecuencias físicas de dicho episodio básicamente se tiran tus entrañas para siempre.

Mi primera experiencia de pánico ocurrió durante la primera semana de colegio. Los profesores se paraban en los pasillos. «Eleanor, ¿estás bien?», me preguntaban entre susurros con olor a café; yo era el plato especial de la semana. Pero unos días más tarde, ocurrió algo.

Una tarde, empecé a sentir náuseas en clase de biología. Se me entumecieron las manos y sentí como si la cabeza estuviera a punto de romperse como un huevo. Era una sensación completamente desconocida para mí, de la que no tenía ninguna referencia. Fui al baño y allí, durante unos minutos, mi cerebro y mi cuerpo no parecían míos. Parecía que iba a vomitar, pero no salió nada. Lo único que sentía eran oleadas de una presión nauseabunda desde la cabeza hasta los pies. Luego vino un temor frío y oscuro que nunca antes había experimentado: me daba vueltas la cabeza y las paredes parecían de plastilina que se derretía. Absolutamente nada de lo que ocurría en mi cuerpo o a mi alrededor tenía sentido. Era una posesión, pura y simplemente.

¿Qué putas me está pasando? ¿Me estoy muriendo?

Aquel fue mi primer ataque de pánico, pero aún no lo sabía. En las siguientes semanas no pude pensar en nada más. Me volvió a pasar un par de veces. Por la noche lloraba, pero no me planteé contárselo a mis padres; no lo habrían entendido, fuera lo que fuera lo que hubiera que entender. Pensé que se trataba de algo físico, algo que tenía que ver con mis lesiones internas. Sin embargo, después de tres semanas de infierno y una noche entera sin pegar ojo, fui al médico de cabecera, yo sola, y este me dijo: «Creo que podrías estar sufriendo ataques de pánico». Me dio algunos folletos y me remitió a una terapeuta anciana muy amable en el centro cívico que había junto a una gasolinera Shell.

El enfoque de esta señora se basaba en darme unas tiras elásticas para que me las pusiera en la muñeca y me indicó que tirara de ellas y las apretara contra la piel cada vez que sintiera que mi medidor de presión interna comenzaba a elevarse. No recuerdo que esto me ayudara con la ansiedad propiamente dicha, pero sin duda me hizo consciente de que había un flujo de energía que tenía que controlar. O algo así.

Meses más tarde, me fui de allí para asistir a la universidad en Londres con un poco más de conocimiento sobre los ataques de pánico. Mis padres lo sabían entonces porque tuve que explicarles la abundancia de tiras elásticas de color beige que había en la casa, y fueron comprensivos y amables, pero yo seguía viviendo con el miedo constante a tener uno (algo que más tarde supe que era una característica definitoria del trastorno de pánico) cuando estaba fuera y rodeada de otras personas. Ya fuera en una clase, en los bares o en las discotecas, ese temor nunca desaparecía. Ni por un minuto.

En consecuencia, como muchos otros que sufren el trastorno, desarrollé un patrón de comportamientos de evitación en función de dónde y cuándo había sentido ansiedad en el pasado: «No, joder, no puedes ir por Green Park para llegar a esa clase porque tuviste un ataque allí la semana pasada», o: «Sé que ese bar solo tiene un baño, mejor no voy por si me da un ataque y hay cola, ¿no?», me decía a mí misma en un interminable diálogo interno —algo a lo que ahora mi terapeuta se refiere como «la cotorra». Saber dónde estaban los baños de cada sitio al que iba era una necesidad; tenía que poder contar con un lugar para «escapar» si me empezaba a entrar el pánico, sobre todo teniendo en cuenta que, llegado el momento clave, mi pánico se manifestaba principalmente con problemas de estómago. Si no veía un baño cerca o, al menos, una salida de incendios, todo se iba a la mierda.

Los espacios abiertos suponían una perspectiva posible pero desalentadora. Si tenía sin más remedio que atravesar Green Park, por ejemplo, porque mis amigos lo hacían, iba mentalmente haciendo un seguimiento de todos los arbustos densos en los que poder esconderme, por si acaso. Tenía que sentarme al final en cada clase o en el cine, también por si acaso. Si alguna vez cogía el metro (algo cada vez más raro), me quedaba al lado de la puerta, mirándola, por si acaso.

Cada segundo y su posible vía de escape tenían que estar planeados. Por si acaso. La ansiedad es básicamente la enfermedad del «¿y si…?»

Viniéndonos ya a la actualidad y, aunque a día de hoy bien podría escribir una puta tesis sobre vivir con trastorno de pánico, también puedo decir que no hice ningún progreso significativo hasta hace pocos años y que todavía hoy encuentro aterradora la idea de tener un ataque de pánico porque, bueno, ¿cómo no iba a ser aterrador? Al menos ese miedo ahora es menor ya que tengo las técnicas para controlar la ansiedad cuando esta empieza a manifestarse y aumentar, en lugar de cuando ya ha estallado.

«Pocas personas discutirían hoy en día que el estrés crónico es un rasgo distintivo de nuestra época o que la ansiedad ha pasado a considerarse una especie de dolencia cultural de la modernidad», dice Stossel. «Vivimos, como ya se ha dicho infinidad de veces desde el inicio de la era atómica, en la época de la ansiedad». Pero no todas las personas tienen una respuesta «normal» a la ansiedad.

El trastorno de pánico es un trastorno de ansiedad caracterizado por ataques recurrentes de pánico y un miedo constante a sufrir un ataque de pánico. En 2007 se recopilaron en el Reino Unido estadísticas relacionadas con casos de trastornos de ansiedad, y estas apuntaban a que un 1,1% de los adultos (un 1,3% de mujeres y un 1% de hombres) cumplían con los criterios de trastorno de pánico en un estudio en adultos sobre morbilidad psiquiátrica. En EE.UU., el número de adultos que se cree que están en riesgo de tener un trastorno de pánico es más elevado, hasta un 2,7%. Estos son, por supuesto, solo los enfermos mentales oficiales. Mi médico de cabecera me contó que la ansiedad es una de las dolencias más frecuentes en los pacientes. Más frecuente, a veces, que la tos y los resfriados.

El pánico tiene muchos sabores distintos. Puede cubrir toda la gama, desde un persistente malestar en el estómago hasta el miedo que se sentiría si uno fuera a ser arrollado por un tren de alta velocidad. Mi coctel habitual es una especie de hormigueo nauseabundo desde la cabeza hasta el dedo del pie, lividez en la cara, opresión en el pecho, manos entumecidas y las tripas revueltas. Siento que voy a vomitar en cualquier momento. Lo primero sí me ha pasado; lo segundo, hasta ahora, no, aunque en alguna ocasión lo he visto muy cerca. La verdad es que todas estas cosas y yo somos ya viejas amigas.

Ha habido ocasiones en las que me he tenido que agachar en un callejón para que se me calmara la respiración y para asegurarme físicamente sobre el suelo, como si necesitara echar raíces en la tierra mientras mi cuerpo se adentra en lo que parece otro plano de existencia distinto. No obstante, la ansiedad se manifiesta físicamente de un modo diferente en cada persona. Algunas personas llaman a la ambulancia porque parece que están teniendo un infarto. Otros hiperventilan. Otros vomitan. Otros tiemblan como si estuvieran en ropa interior frente al viento del Antártico.

También está el tema cognitivo, que empeoró según fui creciendo. Antes, los síntomas físicos eclipsaban los mentales. Después se convirtió en algo como esas atracciones con tazas que dan vueltas sobre sí mismas, «voy a explotar, nunca más voy a estar segura o a ser normal; mi cuerpo falla, todo el mundo me va a ver… me va a ver enloquecer; estoy perdiendo la cabeza. Ya está. El siguiente paso es verse interno en un centro psiquiátrico».

«Voy a morir. Esto me está matando».

Tampoco ayuda mucho que el carrusel no deje de girar una vez que la ansiedad ha tocado techo. Aumenta —aunque con menos potencia— algunas veces más, hasta que se pasa. Y, después, el agotamiento se aferra a uno con afiladas garras.

En algunas etapas de mi vida he tenido ataques de pánico diarios, y más de una vez al día. Mi primer «colapso» (los terapeutas no quieren que usemos esta palabra hoy en día, pero es eso lo que se siente) en el tercer año de universidad llegó cuando mi miedo a sufrir un ataque de pánico se convirtió en una obsesión 24 horas al día, 7 días a la semana. Me daba miedo ir andando al Tesco, que estaba a unos 100 metros de distancia, por no hablar de ir a clase. Necesitaba una plan de «escape» para cualquier posible imprevisto, aunque solo fuera cruzar la calle para ir a la tienda de la esquina por leche.

Al final, todo eso se volvió insostenible para mi pobre cerebro y me sumí en una depresión.

La completa despersonalización, la necesidad de dormir 16 horas seguidas y una total falta de apetito —perdí más de seis kilos en tres semanas— vinieron muy rápido. Simplemente no podía moverme. Después de llevarme cinco días en la cama escuchando una y otra vez Moon Pix de Cat Power (leí que lo escribió en plena crisis, así que de alguna manera me parecía adecuado) y de preocuparme por qué decirle a mis profesores y a mis padres, fui a mi médico de cabecera. Este me prescribió sertralina (un ISRS comúnmente prescrito para los trastornos de ansiedad), diazepam y me mandó a un psicólogo —no había ido a ninguno desde que me mudé a Londres, a pesar de que todavía me pasaba los días atrapada en una telaraña de comportamientos de evitación y de ser consciente de que mis días de juventud pasaban a trompicones como… No sé… Como si se fueran poniendo enfermos. No «vivía» realmente, nunca del todo ni en el momento.

No me gustó la psicóloga a la que me mandó. Era muy joven y se pasaba todo el tiempo rellenando casillas en una hoja y rara vez me miraba a los ojos. Dejé de ir después de cuatro sesiones pensando: «Bah, no merece la pena». Pensaba que si dos psicólogos no habían sido capaces de ayudarme a detener mis ataques de pánico en poco tiempo, significaba que era inmune a

la ayuda y la intervención. Eso creía hasta hace unos tres años.

Los medicamentos no me hicieron nada milagroso o definitivo. Con el paso del tiempo, me fui sintiendo capaz de salir de mis pensamientos obsesivos durante periodos más largos, y esto a su vez me ayudó a hacerles frente dentro de mis propios parámetros. Solo al mirar atrás ahora me doy cuenta de la presión a la que estaba sometiendo a mi pareja en aquel momento por no explicarle por qué debía seguir haciendo o no ciertas cosas. La verdad es que estaba muy avergonzada y rara vez le contaba a nadie lo que de verdad se me estaba pasando por la cabeza por temor a parecer una loca, ni siquiera a la persona con la que mantenía una relación. De hecho, solo lo sabía un amigo. Seguía lidiando con ello a través de mi propio camino lleno de baches.

Seguí con los antidepresivos un par de años y fui haciendo progresos bastante rápido. El temor a sufrir un ataque de pánico o a que algo me tomara por sorpresa siempre cubría una buena parte de mi mente, pero esas cortinas eran ya menos tupidas. Cuando sufría uno —uno a la semana, en lugar de todos los días— me llevaba unos días volver a la normalidad, pero estaba bien, la verdad.

Cuando dejé de tomar pastillas empecé a compaginarlo con un nuevo terapeuta, hasta hace unos tres años. Iba de «bien hecho» en «bien hecho», escribiendo mucho, viajando por el mundo entrevistando a personas… A simple vista estaba genial, avanzaba por la vida con la gracilidad de un cisne y me veía capaz de afrontar todo lo que esta me ponía por delante: reuniones estresantes, vuelos de largo recorrido, responsabilidades más complejas y de más nivel… Sin embargo, bajo todo eso, el caos se había vuelto a desatar. No era capaz de aceptar que debía haber seguido con los antidepresivos. En algún lugar de mi mente, estos eran el último recurso, el punto de falla. ¿Por qué iba a necesitar una pastilla que, cuando me la tomaba a diario, me hacía pensar que era una inválida que necesitaba medicamentos para funcionar correctamente? Así que, ¿qué importaba si mis amigos estaban cada vez más cansados de que les cancelara los planes a última hora porque me había dado un ataque de pánico cuando iba de camino a verlos y no podía ni moverme del punto exacto en el que estaba? ¿Por qué tenían que saberlo?

Pero no estaba lidiando con ello; estaba fingiendo y necesitaba ayuda. Con los años, llegué a convertirme en una maestra del disfraz —nadie, absolutamente nadie, podría haber dicho que sufría un trastorno de ansiedad, excepto por mi incapacidad de aguantar en el metro más de un par de paradas. Si empezaba a sentir pánico cuando estaba por ahí con la gente, simplemente me iba a casa temprano. Recurrir continuamente al comportamiento de evitación me permitía vivir lo que, a simple vista, parecía una vida normal. Entonces, hace tres años, tuve otro colapso —la misma palabra otra vez, pero es que, para mí, es la única que lo define—, y esta vez fue mucho peor que las anteriores.

Se había ido gestando poco a poco. No me gustaba mucho mi trabajo, a pesar del estatus y la valía que me daba. Me había quedado sin excusas cuando dejaba tirados a mis amigos. Además, necesitaba más cirugía intestinal —una idea aterradora que mi terapeuta no conseguía ayudarme a racionalizar. Viajar por motivos de trabajo se fue volviendo cada vez más estresante; cada mostrador de embarque del aeropuerto destapaba un nuevo síntoma de ansiedad. Antes de viajar a Kenia para The Guardian, me senté en unos baños de la Terminal 3 completamente convencida de que las vértebras del cuello se me iban a partir en dos, ya que la presión que sentía en la cabeza era fuertísima a medida que las ideas se enmarañaban en mi mente.

¿Y si tengo ataques de pánico en medio de la sabana de Kenia? ¿Quién me va a ayudar? ¿Y si me da un ataque en el avión y vomito por todas partes porque no me alcanza el tiempo para llegar al baño? ¿Y si me desmayo en un lugar del mundo en el que no conozco a nadie y terminan encerrándome en algún sitio porque no saben qué hacer conmigo?

Y si, y si, y si… Es aburrido y agotador escribirlo tantas veces. Finalmente, cada ataque de pánico que sufría duraba más que el anterior y, en un par de semanas, todos se habían unido en una cadena de frustración, lágrimas y desesperación.

Volví a deprimirme mucho. Esta vez, el «colapso» se caracterizaba por llorar, sufrir mareos y la casi total incapacidad para comer. Una noche me fui a la cama y, al despertarme, era como si fuera una persona distinta, alguien que no podía andar en línea recta, ni dejar de llorar, ni tardar menos de una hora en comerse una sola rebanada de pan tostado; no podía abrirle la puerta al cartero, ni prepararme un baño, contestar al teléfono o dar de comer a los gatos. Físicamente, era como asomarse desde lo alto del Shard de Londres todo el tiempo: un vértigo atroz. Estaba desesperada; el miedo lo había eclipsado todo.

La depresión y la ansiedad van a menudo de la mano. La parte racional de mi cerebro lo sabía, pero en el punto álgido de este nuevo terror, no era capaz de asimilarlo. No podía aceptar que mi cerebro ya se había cansado de temerse a sí mismo, que la depresión se había convertido en un síntoma de mi ansiedad por sobrecarga. Eso, para mí, era fallar. Durante tres semanas no iba más allá de la tienda que había al final de mi calle. Me sentía, por primera vez en mi vida, racionalmente suicida —o, más exactamente, desesperada por hallar un fin tangible a aquel infierno. No es que quisiera morir, pero no quería vivir temiendo al minuto siguiente.

El día en que me di cuenta de que llevaba más tiempo de la cuenta observando el botiquín, busqué el terapeuta de TCC más cercano (a menos de 300 metros de mi casa) en internet y, afortunadamente, pudo recibirme esa misma tarde. Me dijo: «Está llegando a su punto álgido ahora mismo; puedes recuperar el control». A pesar de que tenía temblores en las piernas y las chocaba irremediablemente contra la silla (un nuevo y divertido síntoma), luché contra el impulso de salir corriendo de su sala de estar y meterme de nuevo en la cama, y le escuché. Era gracioso, decía muchas palabrotas y poseía un conocimiento profundo y científico sobre por qué el cerebro se comporta como lo hace, algo que despertó mi interés.

Esa tarde tuvo lugar mi primer verdadero punto de inflexión en 15 años. Después de empezar por dos sesiones a la semana con él, fui a mi médico de cabecera y este me prescribió una dosis baja de un nuevo ISRS: Citalopram, otro antidepresivo que es eficaz en el tratamiento de los trastornos de ansiedad. Un mes después de este enfoque intensivo por dos frentes, empecé a sentirme esperanzada.

Eso fue hace tres años y hoy lo llevo bien. Lo llevo bien de verdad, con un trabajo exigente a tiempo completo y todo. Sigo tomando Citalopram en dosis bajas y no me importa tener que tomarlo indefinidamente. Los trastornos de ansiedad vienen provocados por distintas causas, pero estoy dispuesta a aceptar que mi cerebro pudo haber sufrido una especie de problema técnico en algún momento de esa experiencia cercana a la muerte y que tomar la medicación me lleva a un nivel de ansiedad llevadero. Parece que tenga los músculos pegados a los huesos; a veces todo sigue siendo un asco, pero no me siento como si fuera a deshacerme entera. Aunque antes me aterraba la etiqueta que pudieran ponerme por tomar antidepresivos —¿Adicta? ¿Fracasada? ¿Una borrega de Big Pharma?—, ahora me da exactamente igual quién me pregunte. Soy capaz de vivir mi vida; ese es el punto final a cualquier interrogatorio.

Ahora todos mis amigos saben que soy propensa a los ataques de ansiedad y de pánico y, como con la mayoría de estas cosas que uno cree que suponen una gran revelación, cuando dejé clara la razón por la que había estado tan ausente en el pasado, ninguno de ellos le dio más importancia, y siguen sin hacerlo. La gente es, por lo general, razonable una vez que explicas un tema, ya sea combatiendo sus propias ideas a veces o dándole la vuelta para intentar entenderlo. Solo quieren intentar comprender lo que les estás contando, ofrecer apoyo y, después, seguir con sus vidas. No hablar de eso, simplemente, no funciona. Como escribe Stossel: «Mi actual terapeuta, el doctor W, dice que siempre existe la posibilidad de que revelar mi problema pueda liberarme de la carga de vergüenza y reducir el aislamiento de sufrirlo en solitario. Cuando me pongo nerviosa ante la idea de airear mis problemas psiquiátricos en un libro, el Dr. W me dice: Llevas años manteniendo tu ansiedad en secreto, ¿verdad? ¿Cómo te está yendo así?»

Algo crucial que he aprendido sobre el tratamiento de la ansiedad es que tienes que encontrar a un terapeuta que te guste; es importantísimo. Si esto significa «ir de compras» hasta que encuentres a alguien con quien te sientas cómodo y a quien puedas abrirle tu mente sin miedo, y además cuentas con los recursos necesarios para hacerlo (los terapeutas privados ofrecen precios reducidos y descuentos si se les pregunta), está bien. Si confías en los servicios de salud pública por medio de tu médico de cabecera y no te gusta o no consigues abrirte a la persona a la que te ha mandado, puedes solicitar un cambio de especialista —es tu salud y no hay por qué seguir con alguien con quien uno no se siente cómodo, al igual que es un derecho pedir segundas opiniones en la atención médica. El cerebro es un órgano y, como tal, necesita un tratamiento adecuado cuando enferma. Es, como dijo Louis Theroux acerca de su experiencia personal de terapia cuando lo entrevisté, «como buscar bajo el capó de un coche y ver lo que está pasando».

Con este terapeuta, al que llamaré «S», me he dado cuenta de que la razón principal que me hace funcionar correctamente fue aceptar que no había «cura» para mejorar, solo técnicas e intervenciones psicológicas (en mi caso, medicación) para hacer la vida más llevadera. Frustración y ansiedad están muy unidas, y el constante «¿POR QUÉ PUTAS ME PASA ESTO A MÍ?» o el no hablar con nadie lo empeora todo. Es demasiada presión.

¿Cómo pasé de no contarle nada a nadie acerca de mis problemas a escribir sobre ello aquí, con tanto detalle? Es una pregunta muy digna de formular y para la que hay una respuesta bien simple: por todo el mundo hay gente que consulta internet a diario en busca de los reflejos de su propio dolor, de pruebas de otras personas que han superado un problema mental… Cuando estaba mal, eso era lo único que quería, una idea en claro en medio de aquel bosque siniestro.

Puede parecer muy básico que expresar abiertamente nuestras propias experiencias con las enfermedades mentales anime a otros a hablar de ello, pero es completamente cierto. Stossel escribe en su libro sobre una cena con un grupo de escritores y artistas y cuenta cómo, después de haber hablado acerca de su progreso, cada una de las otras nueve personas respondió «contándome una historia sobre su propia experiencia con la ansiedad y la medicación. Así fuimos, uno a uno por toda la mesa, compartiendo nuestras historias de sufrimiento neurótico».

He pasado por esa situación más veces de las que podría llegar a contar aquí. Hay gente —personas de éxito y con grandes capacidades— deseando hablar sobre su salud mental. A nadie le resulta extraño hablar sobre una arritmia; ¿por qué debería ser un trastorno en el cerebro más tabú que uno en el corazón? La gente quiere que se la escuche, solo es preciso que alguien empuje la primera ficha de dominó. Y esa idea de que estamos «revelando» demasiado o haciendo que la gente se sienta incómoda, o de correr el riesgo de que nos tomen por locos por hablar de nuestra salud mental es errónea. Es cuestión de salud y punto. El hombre que te ha servido el café esta mañana pudo haber superado un cáncer hace años o una depresión grave; puede haber intentado suicidarse y que lo hayan internado en un centro psiquiátrico, pero no tienes ni idea porque se ha recuperado y lleva su vida de la mejor manera posible.

Es lo que tiene ser seres humanos: no nos quedamos siempre igual. Cambiamos, nos adaptamos y podemos estar mejor, como ocurre con cualquier otra dolencia. Así de evolucionados somos.

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