El estilo de vida moderno, caracterizado por el sedentarismo y el consumo de alimentos ultraprocesados, ha agravado este panorama.
La obesidad infantil se ha convertido en una de las mayores preocupaciones en salud pública a nivel mundial, con un aumento alarmante de casos en las últimas décadas.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2022 más de 340 millones de niños y adolescentes presentaban sobrepeso u obesidad, una condición que los predispone a enfermedades crónicas como diabetes tipo 2, hipertensión y complicaciones cardiovasculares en la edad adulta.
A diferencia de lo que muchos piensan, la obesidad no es simplemente un rasgo físico, sino una enfermedad compleja influenciada por factores genéticos, ambientales y conductuales.
La doctora Sheila Pérez Colón, endocrinóloga pediátrica, explicó que actualmente, "la obesidad infantil es una epidemia, desafortunadamente tenemos muchos casos pediátricos que padecen de esta condición".
En cuanto a su diagnóstico, se basa en el índice de masa corporal (BMI), el cual se calcula a partir del peso y la talla del niño.
"Cuando los padres llevan a los niños a las visitas regulares al médico, nosotros tomamos la altura del paciente y peso, esto lo ponemos en una gráfica y de acuerdo a la percentila de ese índice de masa corporal es donde categorizamos si el niño está en un peso saludable, en sobrepeso o ya padece de obesidad", detalla. Un percentil entre 85 y 94 indica sobrepeso, mientras que superar el 95 confirma obesidad.
Sin embargo, la especialista advierte que estos valores deben interpretarse en contexto, considerando factores como composición corporal, desarrollo puberal y antecedentes familiares.
Uno de los aspectos más preocupantes es que esta condición no presenta síntomas evidentes en sus primeras etapas, lo que dificulta su detección temprana. En palabras de la experta, "No tenemos síntomas como tal para la condición de la obesidad, el niño no va a presentar ningún síntoma, pero sí puede presentar manifestaciones derivadas de sus complicaciones".
Entre ellas, menciona "podemos padecer de apnea del sueño, el niño puede que esté roncando en las noches, que no esté descansando bien, dolor de rodillas, podemos presentar una complicación que es la resistencia a la insulina o la diabetes tipo 2 y síntomas de estas condiciones, un aumento al orinar, un aumento en la sed o que hayan cambios en el peso".
El estilo de vida moderno, caracterizado por el sedentarismo y el consumo de alimentos ultraprocesados, ha agravado este panorama. La doctora Pérez Colón recomienda modificar hábitos familiares como primera línea de defensa.
"Tenemos que bajar la ingesta de comida ultraprocesada, eliminar los jugos industriales, ofrecer más agua y estimular la actividad física de manera divertida y en familia", señala. Además, menciona el rol modelador de los padres: "No podemos decirle al niño que tiene que hacer 60 minutos diarios de ejercicio pero nosotros papá y mamá en casa estamos en el celular".
En casos donde las intervenciones conductuales no son suficientes, existen tratamientos farmacológicos aprobados para adolescentes desde los 12 años, como los análogos de GLP-1. No obstante, la especialista insiste en que estos deben ser complementarios a un cambio de hábitos. "Actualmente están aprobados (...) en casos pediátricos, pero siempre vamos a lo básico: que el niño mantenga una rutina de ejercicio y alimentación saludable", aclara.
Finalmente, la experta ofrece recomendaciones prácticas para entornos cotidianos, como las compras familiares. "Cuando vayamos al supermercado debemos ir con nuestros niños (...) pasémoslo por las góndolas de vegetales y frutas y digámosle: 'escoge dos que vamos a probar esta semana'", sugiere.
Esta estrategia además de promover la autonomía infantil, evita la exposición a productos poco saludables. "No hay necesidad de pasar por esas góndolas de cereales y snacks coloridos; sabemos que no son opciones nutritivas", concluye.
Ante esta epidemia silenciosa, los especialistas coinciden en que la prevención y el abordaje temprano son clave. La obesidad infantil incrementa exponencialmente su riesgo de morbimortalidad en la adultez, lo que convierte su manejo en una prioridad médica y social.