La humectación diaria con cremas sin irritantes y el uso de baños cortos con agua tibia son fundamentales para el manejo de la dermatitis atópica, evitando jabones alcalinos y productos agresivos.
La dermatitis atópica, también conocida como eccema atópico, es una enfermedad crónica y recurrente que causa prurito intenso y lesiones cutáneas como placas eritematosas y descamación. En los últimos años, la aprobación de nuevos tratamientos ha llevado a la actualización de guías para especialistas en países como Colombia y Argentina.
Como lo señala el portal Medscape, dado que la enfermedad puede afectar a todas las edades, con una prevalencia del 5 % al 12 % en adultos, los pacientes consultan en diversas áreas médicas, incluyendo pediatría, medicina general y urgencias. Para optimizar su manejo, asociaciones médicas colombianas elaboraron un consenso basado en recomendaciones internacionales, dirigido a médicos de atención primaria.
El Dr. Jorge Sánchez, alergólogo e inmunólogo de la Universidad de Antioquia, enfatiza que, aunque la dermatitis atópica es frecuente, suele ser subvalorada en la atención primaria. Muchos clínicos desconocen su manejo adecuado, lo que puede llevar a prescripciones innecesarias y a la falta de educación sobre el cuidado de la piel.
Por su parte, la Dra. María Valeria Angles, dermatóloga pediatra de la Sociedad Argentina de Dermatología, señala que el acceso a especialistas varía en Latinoamérica. En Argentina, los médicos generalistas, de familia y pediatras pueden diagnosticar y tratar casos leves, lo que facilita una intervención oportuna, especialmente en áreas fuera de los grandes centros urbanos.
El diagnóstico es clínico, basado en prurito crónico, eccema y distribución típica según la edad (<3 años: cara y zonas extensoras; >3 años: pliegues). La evolución es crónica, con exacerbaciones y remisiones. Se recomienda indagar comorbilidades como asma, rinitis y alergias.
No suelen ser necesarios en casos leves. En formas moderadas o graves, se recomienda hemograma, inmunoglobulina E total y, en algunos casos, pruebas cutáneas o séricas.
Se utilizan escalas validadas como SCORAD, EASI, POEM y ADCT. Estas permiten definir la severidad y necesidad de ajustar el tratamiento.
Los estímulos sospechosos deben evaluarse individualmente. Evitar restricciones innecesarias sin evidencia clínica.
La humectación es clave. Se recomienda el uso de cremas sin irritantes y baños cortos con agua tibia. Evitar jabones alcalinos y productos agresivos.
Debe ajustarse según localización y gravedad. Se recomienda un esquema activo en exacerbaciones y un esquema preventivo para mantener el control.
Remitir si el tratamiento tópico no es efectivo, hay diagnóstico incierto, hospitalización, eritrodermia (>80 % de piel afectada) o impacto significativo en la calidad de vida.
Incluyen esteroides sistémicos, inmunosupresores, fototerapia y terapias biológicas, reservados para casos específicos bajo supervisión especializada.
Evitar inmunosupresores y biológicos en embarazo y lactancia. En urgencias, valorar signos de alarma como extensión cutánea grave, fiebre o sobreinfección.
La guía colombiana para atención primaria no aborda qué jabón recomendar en dermatitis atópica, mientras que la argentina (2024) sí. Aunque no hay evidencia concluyente, sugiere educar a los pacientes para evitar jabones comunes o antisépticos, ya que pueden alterar la barrera cutánea y aumentar los brotes.
El consenso argentino recomienda, de manera condicional, syndets o jabones cremosos. Los syndets, con pH similar al de la piel (4-7), son menos irritantes pero costosos. Los jabones cremosos, más accesibles, ayudan a mantener la hidratación.
En Colombia, el Dr. Sánchez explica que la guía no profundiza en el tema debido a la falta de evidencia robusta y el costo para los pacientes. Sin embargo, señala que los jabones sintéticos o neutros generan menos daño y sugiere limitar el uso de jabón a situaciones donde realmente sea necesario.