El cólera: la epidemia más letal que enfrentó la isla de Puerto Rico

Más de 25.000 personas murieron como consecuencia de esta enfermedad. Fue la primera prueba de fuego del entonces joven cirujano Ramón Emeterio Betances.

Isbelia Farías

    El cólera: la epidemia más letal que enfrentó la isla de Puerto Rico

    La epidemia de cólera, a mediados del siglo XIX dejó un saldo superior a 25. 000 muertes en un solo año. Ha sido el capítulo más mortífero de la historia puertorriqueña.

    Es una enfermedad intestinal aguda que se contrae al ingerir el microbio Vibrio cholerae, presente en el agua contaminada con material fecal o vómito de los infectados. Los síntomas incluyen diarrea, evacuaciones frecuentes, calambres, convulsiones, vómitos y fiebre.

    La enfermedad fue identificada por primera vez en India. Mientras avanzaba por el Caribe, en Puerto Rico se mantenía un cumplimiento estricto de cuarentenas en los barcos. Pero, su llegada fue inevitable. La epidemia entró el 10 de noviembre de 1855 por Naguabo.

    La epidemia se fue propagando de un pueblo a otro, llegando a su pico máximo cuando pisó Mayagüez y San Germán.

    Mientras más se propagaba el virus, más quedaba en evidencia la falta de médicos. Para ello, los cabildos organizaron Juntas de Sanidad, tratando de tener un médico o un boticario.

    La medicina casera

    La Junta de Sanidad de Mayagüez hizo circular unas instrucciones sobre los tratamientos que se podían aplicar, incluso sin un médico. Estos consistían en la aplicación de un compuesto de 8 onzas de aguardiente, 6 onzas de vinagre fuerte, media onza de mostaza, 2 dracmas de alcanfor, 2 dientes de ajo molidos, expuestos al sol por 3 días.

    También, se debía tomar una poción que contenía medio dracma de carbonato de Sosa, 20 gramos de sal común y 7 gramos de eximuriato de potasa. Se recomendó el uso de la planta “rompe zaraguey”. Con estos tratamientos se calmaban las náuseas, sensación de frío, diarrea, sed y vómito, pero ninguno podía evitar la propagación de la enfermedad porque no se sabía cómo combatirla.

    Asimismo, se improvisaron hospitales “provisionales”, que eran como asilos para recoger a los pobres y que no muriesen a la intemperie.

    En los campos, se permitió la construcción de cementerios. Los comisarios de barrios abrían zanjas profundas del tamaño de una persona y tiraban cal.

    La figura de Betances

    El Dr. Ramón Emeterio Betances fue una figura crucial en la atención médica que brindó en Mayagüez. Para este notable médico, se debía observar al enfermo para aplicar el remedio en el momento apropiado.

    Usó eméticos, o vomitivos, como la ipecacuana; para controlar el vómito y la diarrea, usó el láudano, polvo de opio y elixir paregórico, mezcla de opio y alcohol.

    Más tarde, toda su experiencia médica le serviría cuando residió en París, al momento de escribir sobre el tratamiento que aplicó a los invadidos por el “microbio”.

    En 1890 Betances describió la imagen del colérico en las siguientes palabras: 

             “El facies (sic) del enfermo expresa sus angustias y sufrimientos; y como        no se le         oculta el peligro en que se halla, la expresión del terror, que        no se borra ni con el agotamiento de fuerzas en una cara enflaquecida y   cuyos ojos se hunden en la órbita rodeada de una aureola violácea le da una    fisonomía particular que no se olvida nunca más cuando se ha observado una sola vez”.

    Quizá el Betances político tomó forma ante el reconocimiento de las dificultades para sobrevivir en la colonia, por medio del trato directo que sostuvo con sus pacientes de todas las clases sociales, lo cual le permitió comprender lo difícil que eran las condiciones de vida para los desamparados.  



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