Aunque el SII no daña el intestino ni aumenta el riesgo de cáncer, sus síntomas crónicos, impredecibles y recurrentes pueden generar ausencias laborales, ansiedad, depresión y una sensación constante de malestar físico y emocional

El síndrome de intestino irritable (SII) altera el funcionamiento del tracto gastrointestinal, desde el estómago hasta los intestinos, sin provocar daños tisulares ni elevar el riesgo de cáncer colorrectal.
Esto genera:
La mayoría de los afectados controla los síntomas mediante cambios dietéticos, ajustes en el estilo de vida y manejo del estrés; solo un porcentaje reducido requiere medicamentos o terapia psicológica para casos intensos.
Aunque los signos clínicos se mantienen en el tiempo y difieren entre pacientes. Predominan dolores o calambres vinculados a la defecación, variaciones en la forma y frecuencia de las heces, sensación de evacuación incompleta, flatulencia elevada y presencia de moco fecal.
Los espasmos musculares intestinales explican gran parte: contracciones vigorosas y prolongadas provocan distensión, gases y tránsito acelerado; las débiles ralentizan el paso de alimentos, endureciendo las deposiciones.
Cualquier modificación duradera en los hábitos intestinales demanda evaluación médica, ya que podría indicar patologías graves como cáncer colorrectal.
Prioriza atención urgente ante pérdida involuntaria de peso, diarrea nocturna, sangrado rectal, anemia por déficit de hierro, vómitos persistentes o dolor abdominal no aliviado por evacuación o expulsión de gases.
Aunque la causa precisa no se conoce, intervienen mecanismos concretos. Las paredes intestinales, recubiertas de músculo, fallan en contracciones normales: las hiperintensas generan gases, hinchazón y diarrea; las hipoactivas producen heces secas.
Alteraciones nerviosas sensibilizan el abdomen a la distensión por gases o residuos, con comunicación defectuosa entre cerebro e intestinos que exagera respuestas digestivas rutinarias.
Infecciones intestinales severas –como gastroenteritis bacteriana o viral o sobrecrecimiento bacteriano postinfeccioso lo desencadenan frecuentemente. Exposiciones estresantes en la infancia y modificaciones en la microbiota, bacterias, hongos y virus intestinales contribuyen, con composiciones microbianas distintas en pacientes versus controles.
Alimentos específicos empeoran los cuadros: trigo, derivados lácteos, cítricos, leguminosas, repollo, leche y bebidas carbonatadas. Periodos de estrés elevado intensifican la frecuencia e intensidad, sin constituir causa primaria.
El SII surge con preferencia en personas menores de 50 años, mujeres, particularmente bajo terapia estrogénica pre o posmenopáusica, individuos con historia familiar del trastorno y aquellos con problemas mentales como ansiedad o depresión.
Antecedentes de abuso sexual, físico o emocional incrementan la susceptibilidad.
La diarrea o estreñimiento prolongados derivan en hemorroides. El impacto trasciende lo físico: reduce la calidad de vida, con pacientes moderados a graves registrando tres veces más ausencias laborales. Se vincula bidireccionalmente con depresión y ansiedad, exacerbándose mutuamente.