La hipertensión no depende solo del peso corporal. El estudio demuestra que la ausencia de grasa beige un tipo de grasa protectora puede provocar presión arterial alta en personas con apariencia saludable y peso normal.

La hipertensión arterial no es un problema exclusivo de las personas con sobrepeso. Una pregunta persistente en la medicina ha sido por qué individuos con un peso normal también pueden desarrollarla.
La respuesta, según una investigación, podría estar escondida en un tipo especial de grasa que actúa como un regulador clave de la presión arterial, y de la que algunas personas pueden carecer, independientemente de su talla.
Un estudio de la Universidad Rockefeller, publicado en la revista Science, ha identificado un mecanismo biológico hasta ahora desconocido que vincula directamente la pérdida de la llamada grasa beige, un tejido adiposo termogénico similar a la grasa parda humana, con el desarrollo de hipertensión.
"Sabemos desde hace mucho tiempo que la obesidad aumenta el riesgo de hipertensión y enfermedades cardiovasculares, pero nunca se ha comprendido completamente la biología subyacente", comenta Paul Cohen, director del Laboratorio de Metabolismo Molecular de la Universidad Rockefeller y autor principal del estudio.
Y añade: "Ahora sabemos que no es solo la grasa en sí, sino el tipo de grasa, en este caso, la grasa beige, la que influye en el funcionamiento de la vasculatura y regula la presión arterial de todo el cuerpo".
La ciencia ya había observado que las personas con mayor cantidad de grasa parda (activa en bebés y algunos adultos) tenían menor prevalencia de hipertensión. Pero era una correlación, no una prueba de causa y efecto.
Para descubrir el mecanismo, el equipo, liderado por la investigadora postdoctoral Mascha Koenen, creó un modelo único de ratón. Manipularon genéticamente a roedores sanos y delgados para que carecieran específicamente de grasa beige, sin inducir obesidad ni inflamación. El objetivo era aislar el efecto de esta grasa.
Estos ratones, a pesar de su peso normal, desarrollaron hipertensión. Sus vasos sanguíneos se volvieron excesivamente sensibles a la angiotensina II, una potente hormona vasoconstrictora, y comenzaron a acumular tejido fibroso que los rigidizaba.
El análisis molecular reveló el eslabón perdido. Al perder su identidad beige, la grasa que rodea los vasos sanguíneos comenzó a comportarse como grasa blanca y a secretar grandes cantidades de una enzima llamada QSOX1, relacionada con la remodelación de tejidos.
"Sabíamos que había un vínculo entre el tejido adiposo termogénico (grasa parda) y la hipertensión, pero no entendíamos el mecanismo por el cual se producía", apunta Mascha Koenen. La QSOX1 resultó ser ese mecanismo: su liberación desencadena un programa genético en las células vasculares que promueve la fibrosis y la rigidez arterial, elevando la presión.
La confirmación llegó cuando los científicos crearon ratones sin grasa beige pero también sin la capacidad de producir QSOX1. Estos animales no desarrollaron hipertensión, demostrando el papel central de la enzima.
El descubrimiento no se limita al laboratorio. Los investigadores analizaron datos de cohortes humanas y encontraron que personas con variaciones en el gen PRDM16 (el mismo que regula la identidad beige en ratones) tienden a tener una presión arterial más alta. Esto valida la relevancia del eje grasa beige-QSOX1 en nuestra especie.
El estudio, un ejemplo de "traducción inversa" (ir de la observación clínica al mecanismo en el laboratorio), ofrece una nueva explicación mecanicista para una condición vinculada, pero no exclusiva, a la obesidad.
Abre la puerta a futuras investigaciones sobre cómo la composición de la grasa perivascular influye en la salud arterial y plantea una posible nueva diana terapéutica: la enzima QSOX1.
"Cuanto más sepamos sobre estos vínculos moleculares, más podremos avanzar hacia un mundo donde podamos recomendar terapias dirigidas según las características médicas y moleculares de cada individuo", finaliza Cohen.
Este trabajo sugiere que, más allá de la báscula, la calidad y el tipo de grasa que almacena nuestro cuerpo son factores determinantes y hasta ahora subestimados en el riesgo de desarrollar hipertensión, incluso en cuerpos delgados.