Mientras los turistas disfrutan de playas y resorts de lujo, millones de menores en República Dominicana cargan agua, trabajan en mercados y asumen responsabilidades de adultos antes del amanecer.

Cuando las primeras luces del día apenas iluminan los barrios más vulnerables de República Dominicana, miles de niños ya están despiertos.
No para ir a la escuela o jugar, sino para cargar agua, cuidar hermanos menores, trabajar en mercados o vender dulces en las calles. Algunos lograrán llegar a clases después de esas tareas; otros, simplemente, ya no pueden.
Esta es la República Dominicana que no aparece en los folletos turísticos. Lejos de las playas de arena blanca y los resorts todo incluido que atraen millones de visitantes cada año, existe otra realidad donde la infancia se ve forzada a sobrevivir antes de poder vivir.
La pobreza infantil no es solo la falta de dinero. Se mide en ausencias: de agua potable, alimentación adecuada, atención médica, vivienda segura.
Es ir a la escuela con hambre, aprender a trabajar antes que a jugar, vivir con miedo y violencia normalizada, cargar con responsabilidades que pesan demasiado pronto.
Los datos oficiales muestran algunos avances: más niños reciben lactancia materna que hace una década. Pero las alertas persisten: más del 60% de los menores sigue siendo criado bajo métodos de disciplina violenta. El matrimonio infantil disminuye lentamente, mientras la maternidad adolescente continúa siendo parte de la realidad cotidiana en muchos territorios.
En América Latina y el Caribe, más de 94 millones de niños viven hoy en pobreza. Si no se actúa, millones más podrían caer en esa condición en los próximos años, empujados por el cambio climático, la falta de oportunidades y la debilidad de los sistemas de protección.
Uno de cada diez niños se ve obligado a trabajar en República Dominicana. Aunque el país ha hecho de este problema una prioridad y ha adoptado numerosas leyes para erradicarlo, el trabajo infantil sigue siendo muy frecuente.
Aproximadamente el 12% de los niños y adolescentes de 5 a 17 años trabajan, muchos de ellos explotados en el sector agrícola.
La expansión del turismo, paradójicamente, ha estimulado otras formas de explotación aún más graves. Niños atrapados en redes de traficantes se ven forzados a la prostitución y otras prácticas de explotación sexual.
Los niños haitianos que llegan al país, muchos escapando de desastres en su tierra natal, enfrentan discriminación tanto de organismos estatales como de la población civil. Su acceso a la educación y la sanidad es difícil y a menudo restringido.
Las niñas también sufren discriminación estructural, sin el mismo estatus legal ni los derechos que los niños varones. Los menores con discapacidad enfrentan barreras adicionales: en 2012, el 70% de los niños con discapacidades no asistían a la escuela, y las medidas legales para garantizar su acceso a la educación siguen siendo insuficientes.
Durante mucho tiempo, el 40% de las jóvenes dominicanas eran obligadas a casarse antes de los 18 años, con graves consecuencias físicas y mentales. En enero de 2021, el país aprobó la Ley 1-21 para eliminar el matrimonio infantil, un avance histórico para la igualdad de género.
Sin embargo, expertos advierten sobre la necesidad de transformar los comportamientos sociales que aún lo permiten y vigilar un posible aumento de las uniones tempranas informales.
En estos barrios, en estas comunidades rurales, la pobreza no es una estadística. Tiene nombre, rostro y rutina. Son niños que saben trabajar pero no siempre saben leer. Niñas que cuidan pero no siempre son cuidadas. Infancias que sobreviven cuando deberían estar creciendo.
Estas historias no son casos aislados. Son el reflejo de miles de infancias interrumpidas, empujadas a asumir roles que no les corresponden, frente a la mirada silenciosa de quienes pasan y, a veces, incluso de las autoridades.
Mirar esta realidad no es suficiente, pero ignorarla tampoco es una opción. Porque el verdadero desarrollo de un país no se mide en cifras de turismo ni en indicadores macroeconómicos, sino en cuántos niños pueden ser simplemente niños.