Dolor de rodilla por lo que parecía un quiste benigno, resultó ser una infección parasitaria del hueso

Una mujer de 35 años convivió durante tres años con un dolor leve de rodilla que parecía benigno, y los estudios de imagen sugerían un quiste óseo no agresivo; sin embargo, el diagnóstico inicial fue incorrecto.

Katherine Ardila

    Dolor de rodilla por lo que parecía un quiste benigno, resultó ser una infección parasitaria del hueso

    Una mujer de 35 años, sin comorbilidades ni antecedentes médicos de relevancia, acudió a consulta refiriendo un cuadro de dolor mecánico leve y progresivo en la rodilla, de aproximadamente tres años de evolución. 

    El dolor respondía parcialmente a los analgésicos convencionales, lo que había postergado una evaluación más profunda. Al examen físico, se identificó dolor leve a la palpación en la cara distal del fémur, aunque la paciente conservaba un rango de movimiento completo, sin déficits neurovasculares ni signos de inestabilidad o derrame articular. No se encontraron otras anomalías en el sistema musculoesquelético.

    Estudios de imagen y diagnóstico presuntivo

    Las radiografías simples en proyecciones anteroposterior y lateral revelaron una lesión lítica mal definida, no destructiva, en la región distal del fémur. Ante este hallazgo, se plantearon como diagnósticos diferenciales iniciales un quiste óseo simple, un quiste óseo aneurismático o un fibroma condromixoide. 

    Se solicitó una resonancia magnética que mostró una lesión bien delimitada, heterogénea, de aspecto no agresivo, con dimensiones de 7 × 4 × 3 centímetros. La lesión presentaba baja señal en secuencias ponderadas en T1 y señal mixta en T2 y densidad protónica.

    La edad de la paciente no era consistente con un quiste óseo simple, y el quiste óseo aneurismático suele presentar un aspecto característico en resonancia magnética, con múltiples niveles hidroaéreos y un comportamiento más expansivo y agresivo. 

    El fibroma condromixoide, aunque posible, tiende a estar más demarcado del hueso adyacente, con bordes escleróticos y festoneados. Las lesiones óseas malignas, por su parte, rara vez tienen una presentación tan sutil e indolente. 

    La infección, siempre un gran imitador, fue considerada, pero la ausencia de síntomas locales o sistémicos y los exámenes de laboratorio dentro de parámetros normales la hacían poco probable.

    Biopsia y hallazgos iniciales

    Ante la presentación radiológica y clínica atípica, se decidió realizar una biopsia para establecer un diagnóstico preciso y planificar el manejo adecuado. 

    El estudio histopatológico de la muestra obtenida reportó tejido óseo benigno con tejido fibroso interpuesto y la presencia de células gigantes multinucleadas, hallazgos que, correlacionados con las imágenes, sugerían un quiste óseo aneurismático.

    Abordaje quirúrgico y hallazgo intraoperatorio

    Con este diagnóstico presuntivo, se procedió a realizar un curetaje extenso de la lesión con la intención de reconstruir el defecto óseo resultante. Sin embargo, durante el acto quirúrgico, el aspecto macroscópico de la lesión no correspondía con el esperado para un quiste óseo aneurismático. 

    Esta discrepancia llevó al cirujano a modificar la estrategia intraoperatoriamente, optando por una resección marginal completa. El defecto óseo fue rellenado con cemento óseo (polimetilmetacrilato) y se realizó una fijación profiláctica del fémur distal con una placa anatómica.

    Diagnóstico definitivo

    El tejido resecado fue enviado nuevamente para análisis histopatológico. El estudio reveló fragmentos de tejido óseo y tejido fibrótico inflamado con formación de tejido de granulación, así como fragmentos de material laminado acelular de color rosado, compatible con la capa germinativa de un quiste hidatídico. El diagnóstico definitivo fue, entonces, quiste hidatídico óseo.

    Manejo postoperatorio y seguimiento

    El drenaje quirúrgico fue retirado al día siguiente de la intervención. La paciente inició un programa de fisioterapia con carga parcial autorizada y recibió anticoagulación profiláctica ajustada a su peso. 

    Fue referida a un cirujano general para completar la evaluación sistémica, realizándose una tomografía computarizada de cuerpo completo que no identificó otras lesiones en ningún otro órgano. Se solicitó además la interconsulta con el servicio de control de infecciones, indicándose un ciclo de albendazol por tres meses.

    A los ocho meses de seguimiento, la paciente no presentaba evidencia clínica ni radiológica de recurrencia, manteniendo una evolución satisfactoria y una buena colaboración con el programa de rehabilitación.

    Discusión

    El caso presentado (H.H. Alasaad et al.) ilustra los desafíos diagnósticos que plantea el quiste hidatídico óseo, una manifestación excepcionalmente rara de la equinococosis quística, con una incidencia reportada de apenas 0.5% a 4% de todas las formas de hidatidosis, y aún más infrecuente en el esqueleto apendicular. 

    La enfermedad es endémica en regiones como el Medio Oriente, Asia central, el oeste de China y la cuenca del Mediterráneo, aunque la paciente no reportó antecedentes de viajes o residencia en estas zonas en la historia clínica inicial.

    A diferencia de la forma visceral, donde el parásito desarrolla una cápsula bien definida, en el tejido óseo la ausencia de periostio y la estructura trabecular permiten una proliferación infiltrativa y multidireccional a través de los canales óseos, sin formar una verdadera pared quística. Este mecanismo explica la lenta destrucción del hueso, la ausencia de reacción inflamatoria significativa y la presentación clínica insidiosa, a menudo limitada a dolor inespecífico durante años, hasta que eventualmente se produce una fractura patológica.

    La inespecificidad de los hallazgos radiológicos contribuye a la demora diagnóstica. Las radiografías simples muestran lesiones líticas de aspecto variable, mientras que la tomografía computarizada puede revelar destrucción ósea local, aunque rara vez presenta el signo patognomónico de calcificación arcuata de doble capa. 

    La resonancia magnética, si bien es superior para evaluar la extensión y la relación con partes blandas, tampoco ofrece características completamente específicas. Las pruebas serológicas, aunque útiles, pueden resultar negativas en quistes viejos, calcificados o no viables.

    No existe tratamiento conservador eficaz para la hidatidosis ósea. Las tasas de recurrencia son elevadas si no se realiza una resección quirúrgica amplia con márgenes libres de enfermedad. 

    El caso presentado destaca la importancia de la sospecha clínica, especialmente en pacientes procedentes de regiones endémicas, y la necesidad de mantener un alto índice de alerta ante lesiones óseas líticas de aspecto inespecífico. 

    La experiencia previa del cirujano con un caso similar fue determinante para tomar la decisión intraoperatoria de ampliar la resección, y el uso de cemento óseo como adyuvante local ha demostrado utilidad para disminuir el riesgo de recidiva.



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