Recibir un diagnóstico de diabetes, hipertensión, cáncer o insuficiencia cardíaca transforma la vida entera. Pero hay una pregunta que pocas veces sale de los consultorios y casi nunca entra en ellos: ¿qué pasa con mi sexualidad ahora?

Hay conversaciones que la medicina clínica ha relegado durante décadas al margen de la historia clínica. La sexualidad del paciente crónico es una de ellas.
A pesar de la alta incidencia de disfunciones sexuales asociadas a enfermedades como el cáncer, la diabetes o las cardiopatías, este aspecto de la calidad de vida sigue sin ser abordado de manera sistemática en la mayoría de los entornos asistenciales. No porque no importe. Sino porque nadie lo pregunta.
Durante una emisión del programa Telesalud: La clínica en casa, la Lcda. Maudys Sánchez, psicóloga paliativista y especialista en sexualidad y terapia de pareja, y el Dr. Julián Carreño, médico especialista en medicina familiar y conductor del espacio, compartieron en antena su experiencia clínica y sus reflexiones sobre esta brecha asistencial que afecta, en silencio, a millones de pacientes y a sus parejas.
Para la Lcda. Sánchez, el principal factor que afecta la vida sexual de las personas con enfermedades crónicas no es siempre de naturaleza orgánica. "A veces la pareja escucha, pero no comprende. Hay dos diferencias: el entender es saber que existe el cáncer, que afecta tal cosa. El comprender va más allá, es profundizar, es poder ponerse en el lugar del otro para accionar."
Esta brecha, según la especialista, tiene consecuencias directas sobre el deseo sexual. En las mujeres, lo que más se ve afectado es el deseo, aunque en muchos casos no por razones hormonales sino por el deterioro del vínculo con la pareja. En los hombres, en cambio, la dificultad se expresa con frecuencia en problemas de erección, aunque el deseo siga intacto: el cuerpo no responde, pero la mente sí quiere.
La especialista identificó además otro fenómeno frecuente en las parejas de personas enfermas: la lástima disfrazada de cuidado. Algunas compañeras o compañeros se alejan del contacto íntimo no por falta de deseo, sino por miedo a lastimar. Una forma de protección que termina generando exclusión.
El Dr. Carreño introdujo una distinción clave que con frecuencia se pasa por alto en la consulta: la diferencia entre una disfunción sexual de origen orgánico y una de origen psicológico o situacional. Un diagnóstico reciente, por sí solo, puede bastar para alterar la vida sexual de una persona, aunque todavía no haya ningún daño fisiológico.
"Cuando me acaban de decir que soy diabético o hipertenso, eso me afecta emocionalmente. Y esa forma de procesar la información va a afectar mi sexualidad. No quiere decir que la diabetes me esté provocando una disfunción eréctil. Quiere decir que mi cerebro está más preocupado por el diagnóstico que por tener una actividad sexual adecuada", explicó el especialista.
El Dr. Carreño fue enfático en que estas situaciones tienen solución y que los profesionales de la salud deben trabajar para moderar las reacciones emocionales ante los diagnósticos. No son las enfermedades en sí mismas las que determinan la vida íntima del paciente, sino la forma en que este las procesa.
Uno de los temores más comunes entre pacientes con afecciones cardiovasculares es que la actividad sexual pueda desencadenar un episodio cardíaco. El Dr. Carreño despejó este miedo con precisión clínica: durante la fase de excitación de la respuesta sexual humana, la frecuencia cardíaca aumenta normalmente entre 150 y 200 latidos por minuto. Eso es fisiológico, ocurre en cualquier persona sana.
Sin embargo, el especialista precisó que no todos los diagnósticos cardíacos son equivalentes. Mientras que la hipertensión arterial no representa, por sí sola, un impedimento para la actividad sexual, condiciones como las arritmias, las taquiarritmias o la miocardiopatía dilatada requieren una evaluación individualizada.
"Existen protocolos para saber cuándo un paciente, incluso con insuficiencia cardíaca, puede tener actividad sexual y qué tipo de actividad puede tener", afirmó.
Ante la pregunta de si el estrés crónico y las dificultades económicas pueden afectar la función sexual, el Dr. Carreño ofreció una respuesta que desafía los lugares comunes: el problema no es la situación en sí, sino la reacción del individuo ante ella. Hay personas para quienes los problemas económicos inhiben completamente el deseo. Hay otras para quienes la intimidad funciona exactamente como una válvula de escape.
Lo que sí resulta clínicamente relevante es el estrés crónico sostenido, aquel en el que el organismo nunca consigue bajar su estado de alerta. En ese escenario, la liberación continua de cortisol y otras hormonas termina afectando múltiples sistemas, incluida la respuesta sexual. El Dr. Carreño recomendó a sus pacientes reservar al menos un día a la semana para una actividad que les permita reducir activamente ese nivel de tensión acumulada.
La emisión también dio espacio a una consulta anónima enviada desde Florida: una mujer que, tras la infidelidad de su esposo —de la que nació un hijo—, no ha podido retomar la intimidad con él porque ya no se siente atractiva. La pregunta era si debería acudir a un psicólogo o a un sexólogo.
La Lcda. Sánchez respondió con claridad: la infidelidad es un evento que modifica todo lo que ya estaba orquestado en la relación. Lo que más se resiente, en hombres y mujeres por igual aunque de formas distintas, es la autoestima. Ante ese cuadro, la recomendación fue acudir a un psicólogo clínico que pueda evaluar el estado emocional antes de derivar a un especialista en sexualidad. "Al parecer la autoestima venía atrofiada antes de la infidelidad, y esto terminó de afectarla más", observó la especialista.
Lo que este espacio dejó en evidencia es que la sexualidad del paciente crónico sigue siendo, en demasiados entornos clínicos, una conversación diferida.
Los especialistas lo plantean en términos sencillos: todas las enfermedades vienen acompañadas de un componente emocional, porque somos personas que pensamos, sentimos y analizamos. Ignorar esa dimensión no es neutralidad clínica. Es, simplemente, una omisión.
Hablar de sexualidad en la enfermedad no es un lujo ni un tabú que deba sortearse en la consulta. Es, como señalaron ambos profesionales, parte del tratamiento.