Las guías clínicas detallan cómo se manifiestan los trastornos de ansiedad en niños y jóvenes, describiendo señales de alerta, criterios diagnósticos y opciones de tratamiento basadas en evidencia.
Por: Katherine Ardila
La identificación y el tratamiento oportuno de los trastornos de ansiedad en la población pediátrica y adolescente es fundamental para prevenir un deterioro significativo en su desarrollo, funcionamiento académico y bienestar psicosocial a largo plazo.
Por eso, en esta nota informativa resumimos las recomendaciones fundamentales de la Estrategia de Salud Mental del Melbourne Children's Campus, las cuales proporcionan un marco basado en evidencia y consenso clínico para que los profesionales de la salud aborden estos trastornos de manera efectiva y segura.
Las recomendaciones se clasifican en tres tipos: basadas en evidencia (EBR), de consenso clínico (CCR) y puntos de práctica clínica (CPP).
Comprensión de los trastornos de ansiedad y su identificaciónLos trastornos de ansiedad en niños y jóvenes se manifiestan de diversas formas, cada una con características distintivas. El trastorno de ansiedad generalizada se caracteriza por una preocupación excesiva y persistente sobre múltiples aspectos de la vida diaria.
El trastorno de pánico implica ataques recurrentes de miedo abrumador acompañados de síntomas físicos intensos, como palpitaciones y sensación de ahogo, que a menudo son confundidos con emergencias médicas. Las fobias específicas, como el miedo a las agujas o a los animales, conllevan un temor desproporcionado hacia objetos o situaciones concretas.
La agorafobia implica un miedo intenso a lugares o situaciones donde escapar podría ser difícil. El trastorno de ansiedad social se define por un miedo profundo a la evaluación negativa en interacciones sociales, y el trastorno de ansiedad por separación provoca una angustia excesiva ante la separación de las figuras de apego.
Para una identificación eficaz, se deben establecer vías claras en comunidades, escuelas y entornos clínicos para que las preocupaciones sobre ansiedad sean planteadas. Los médicos deben considerar siempre la ansiedad como un posible factor contribuyente en la presentación clínica de un niño o joven.
Existen poblaciones de alto riesgo donde se recomienda activamente la evaluación, incluyendo niños con trastorno del espectro autista, trastornos del sueño, fibrosis quística, trastornos alimentarios o antecedentes familiares de ansiedad o depresión.
Otras situaciones donde podría considerarse la evaluación incluyen la presencia de TDAH, historial de trauma, dificultades escolares, conductas autolesivas, enfermedades crónicas que afectan la calidad de vida, síntomas somáticos sin explicación médica y diversidad de género o sexual, entre otros.
La elección del instrumento de evaluación debe considerar la edad, el trastorno específico y el propósito (cribado vs. medición del cambio), complementándose siempre con una entrevista clínica detallada.
Evaluación integral y planificación de la atención centrada en la personaEl objetivo de la evaluación es confirmar un diagnóstico, utilizando criterios estandarizados como el DSM-5 o la CIE-11, y desarrollar una formulación que comprenda la presentación en el contexto completo de la vida del niño.
Esta evaluación debe ser realizada por profesionales capacitados y con experiencia en desarrollo infantil, quienes deben considerar cómo la ansiedad se manifiesta de manera diferente según la edad y el entorno, pudiendo presentarse como apego, agresividad o retraimiento.
Dado que la ansiedad comúnmente coexiste con otras condiciones médicas o de salud mental, su diagnóstico debe motivar la búsqueda de comorbilidades.
La planificación de la atención debe ser colaborativa, centrada en la persona y culturalmente segura, involucrando activamente al niño o joven y a su familia en la toma de decisiones.
Se debe ofrecer un enfoque multimodal, explicando que los tratamientos incluyen terapia psicológica y, en algunos casos, medicación, con el objetivo de reducir síntomas y mejorar el funcionamiento.
Es crucial discutir las creencias familiares sobre la salud mental, las barreras para el tratamiento y la probabilidad de adherencia. Los cuidadores deben ser involucrados en los planes de tratamiento siempre que sea seguro y apropiado, y se les podría sugerir buscar su propio apoyo psicológico para manejar el impacto de la condición de su hijo.
Abordaje terapéutico: psicoterapia como primera línea y uso de medicaciónLa psicoeducación sobre la ansiedad, sus causas y tratamientos constituye la base de toda intervención. Como primera línea de tratamiento, se debe ofrecer terapia psicológica:
La terapia cognitivo-conductual (TCC) es la intervención con mayor evidencia de apoyo para niños y jóvenes de 8 a 18 años, utilizada para mejorar el funcionamiento diario y lograr la remisión del diagnóstico.
Esta puede ser individual, grupal (excepto cuando la ansiedad social es el foco principal) o dirigida solo a los padres. Para facilitar el acceso, también se podría considerar la TCC basada en Internet (programas en línea) como alternativa o complemento.
En niños menores de 8 años o para quienes la TCC estándar es difícil, se deben utilizar enfoques basados en el juego que incorporen conceptos cognitivo-conductuales. La terapia de aceptación y compromiso (ACT) podría considerarse para adolescentes mayores de 12 años, especialmente con condiciones médicas crónicas coexistentes. La participación activa de la familia en la terapia es esencial en la mayoría de los casos.
La medicación debe ser considerada e iniciada por un médico con experiencia en psicofarmacología pediátrica, bajo circunstancias específicas. Se puede utilizar junto con la terapia psicológica cuando la ansiedad es demasiado grave para permitir la participación en psicoterapia, ha llevado a una reducción significativa en la asistencia escolar, se asocia con un riesgo moderado o mayor de autolesión, o está causando una angustia extrema en los cuidadores.
El tratamiento farmacológico de primera línea es un Inhibidor Selectivo de la Recaptación de Serotonina (ISRS), siguiendo el principio de "comenzar con una dosis baja e ir aumentando lentamente" mientras se monitorizan los efectos.
El proceso debe incluir un consentimiento informado exhaustivo, discusión de efectos secundarios comunes (como náuseas, agitación o insomnio) y riesgo de síndrome de activación, así como un plan claro para el seguimiento, ajuste de dosis o cambio de medicamento según la respuesta y la tolerancia.
Si un ISRS es ineficaz o no se tolera, se podría considerar cambiar a otro ISRS o, como siguiente paso, a un Inhibidor de la Recaptación de Serotonina y Norepinefrina (IRSN), evaluando cuidadosamente los perfiles de seguridad específicos de cada fármaco.
No se recomienda el uso de antipsicóticos, agonistas alfa-2 (como clonidina), atomoxetina o antidepresivos tricíclicos para tratar los trastornos de ansiedad de forma aislada en esta población. El manejo integral, que prioriza la psicoterapia y utiliza la medicación de manera juiciosa y supervisada, ofrece el mejor camino para ayudar a los niños y jóvenes con ansiedad a recuperar su funcionamiento y calidad de vida.