Estrés crónico podría aumentar el riesgo de desarrollar hígado graso y resistencia a la insulina

La exposición prolongada al estrés promueve la acumulación de grasa en el hígado y altera el metabolismo de la glucosa, aumentando el riesgo de hígado graso no alcohólico y creando un círculo vicioso de sobrecarga hepática.

Por: Katherine Ardila


La narrativa común sobre el daño hepático suele centrarse en el consumo excesivo de alcohol o en dietas desbalanceadas. Sin embargo, existe un factor silencioso y omnipresente en la vida moderna que está ganando reconocimiento por su papel en la salud hepática: el estrés crónico. 

Lejos de ser solo una sensación de agobio, el estrés prolongado desencadena una cascada de respuestas fisiológicas que pueden comprometer la función de uno de nuestros órganos más vitales.

Cuando la alarma se vuelve constante:¿Qué hace el estrés crónico en el hígado?

El estrés es, en esencia, una respuesta de supervivencia. Ante una amenaza, el organismo libera hormonas como el cortisol y la adrenalina, preparando al cuerpo para la acción. El problema surge cuando esta alarma no se apaga. 

Según Infobae, en un estado de estrés sostenido, la producción constante de cortisol genera un estado de inflamación de bajo grado y altera profundamente el metabolismo. Es aquí donde el hígado, el gran centro de procesamiento del cuerpo, comienza a sufrir las consecuencias de un estado de alerta perpetuo.

El hígado es responsable de regular la glucosa, metabolizar grasas y desintoxicar la sangre. Bajo el influjo crónico del cortisol, estas funciones se ven perturbadas. 

Se ha demostrado que el estrés favorece la acumulación de grasa en las células hepáticas, incrementando el riesgo de desarrollar hígado graso no alcohólico, una condición que ya es una epidemia silenciosa a nivel global. Paralelamente, el estrés promueve la resistencia a la insulina, creando un círculo vicioso que sobrecarga aún más al órgano y altera todo el equilibrio metabólico.

El factor de los hábitos

El impacto del estrés rara vez viene solo. Con frecuencia, actúa como un catalizador de hábitos perjudiciales que multiplican el daño hepático. En contextos de tensión emocional sostenida, es común que aumente el consumo de alimentos ultraprocesados, azúcares refinados y grasas no saludables, así como la ingestión de alcohol o el uso indiscriminado de medicamentos. 

Este cóctel representa una carga tóxica y metabólica monumental para el hígado, que debe trabajar bajo presión en un ambiente interno hostil, debilitando progresivamente su capacidad funcional.

Estrategias para un hígado resiliente

La buena noticia es que el impacto del estrés en el hígado puede mitigarse con estrategias integrales. La prevención y el manejo comienzan por abordar la raíz del problema: el estrés mismo. 

La incorporación de prácticas de regulación del sistema nervioso, como la respiración consciente, la meditación o el yoga, ha demostrado reducir efectivamente los niveles de cortisol. Un descanso reparador de siete a ocho horas es igualmente crucial, ya que durante el sueño profundo el hígado lleva a cabo procesos esenciales de reparación y desintoxicación.

La nutrición es el segundo pilar. Una dieta antiinflamatoria, rica en frutas, verduras, fibra y grasas saludables, proporciona los nutrientes necesarios para apoyar la función hepática, mientras que reducir al mínimo el alcohol, los azúcares añadidos y los alimentos procesados alivia la carga de trabajo del órgano. 

Complementariamente, el ejercicio físico regular no solo ayuda a controlar el peso y el metabolismo de las grasas, sino que es por sí mismo un poderoso modulador del estrés.

Finalmente, la vigilancia médica es clave, especialmente para individuos con factores de riesgo como obesidad, diabetes o antecedentes familiares de enfermedad hepática.

Reconocer la conexión profunda entre el bienestar emocional y la salud física nos permite adoptar un enfoque preventivo. Cuidar de nuestra mente y gestionar el estrés no es solo una cuestión de calidad de vida; es un acto directo de protección para órganos vitales como el hígado, fortaleciendo las bases de una salud integral y duradera.





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