El caso cumple criterios de Trastorno Dependiente de la Personalidad según el DSM-5 y se diferencia de otros trastornos, como depresión mayor o Trastorno Límite, por la ausencia de impulsividad, inestabilidad afectiva y conductas autolesivas.
Por: Katherine Ardila
Se presenta a evaluación una paciente femenina de 26 años de edad, acompañada por su pareja sentimental por una dificultad persistente y paralizante para tomar decisiones de cualquier índole sin el apoyo, la validación o la guía explícita de una tercera persona.
Esta problemática se encuentra ligada a un miedo excesivo e incapacitante al abandono y a una necesidad constante, casi imperativa, de aprobación externa. La conjunción de estos síntomas está generando una interferencia clínicamente significativa en múltiples dominios de su vida, incluyendo su rendimiento y toma de decisiones académicas, su funcionamiento en las relaciones sociales y su bienestar emocional global.
Historia de la enfermedad actual y antecedentes relevantesLa paciente refiere que el patrón de dependencia se ha manifestado de manera insidiosa desde finales de la adolescencia. Describe una necesidad constante de apoyo y dirección por parte de figuras significativas, con especial énfasis en sus parejas sentimentales y familiares cercanos.
Manifiesta una gran dificultad para iniciar proyectos personales o profesionales sin contar previamente con la aprobación explícita de alguien más, y evita de forma sistemática expresar desacuerdo o posiciones contrarias por un temor intenso a perder el afecto, la aprobación o, en última instancia, a ser abandonada.
Relata episodios de ansiedad intensa ante la mera posibilidad de quedarse sola, lo que históricamente la ha llevado a tolerar y mantener relaciones interpersonales que reconoce como disfuncionales, insatisfactorias o incluso dañinas, con el único objetivo de no perder compañía.
Un patrón conductual recurrente y muy característico es que, tras la ruptura de una relación afectiva, busca de manera inmediata y urgente una nueva pareja que le proporcione la sensación de cuidado y seguridad que siente incapaz de generar por sí misma.
El cuadro ha tenido un curso crónico y estable, con un impacto funcional que la propia paciente califica como moderado, afectando primordialmente su capacidad para la toma de decisiones académicas y laborales autónomas, así como erosionando de forma constante su autoestima.
Antecedentes e historia clínicaEn cuanto a sus antecedentes personales, la paciente no reporta condiciones médicas crónicas de relevancia, niega de manera consistente el consumo de alcohol o de cualquier sustancia psicoactiva, y no tiene historia de tratamientos psiquiátricos o psicológicos previos.
Los antecedentes familiares son significativos: su madre presenta rasgos ansiosos marcados, y la paciente describe una dinámica familiar históricamente caracterizada por la sobreprotección. Desde una perspectiva psicosocial, se identifica un estilo de crianza sobreprotector como un factor predisponente fundamental.
En su funcionamiento actual, se observa una autoestima consistentemente baja, un miedo persistente y generalizado al rechazo, y una dependencia emocional muy significativa y centrada en su pareja actual. Además, la paciente expresa una escasa confianza en sus propias capacidades, juicio y competencia para manejar su vida de forma independiente.
Diagnóstico clínico y diagnóstico diferencialCon base en la evaluación integral, se establece el diagnóstico clínico de Trastorno Dependiente de la Personalidad (TDP), cumpliendo con los criterios establecidos tanto en el DSM-5 como en versiones anteriores del manual.
El diagnóstico se sustenta en la presencia de los siguientes criterios nucleares: una necesidad excesiva y generalizada de ser cuidado, que se manifiesta en comportamientos sumisos y de adhesión; una gran dificultad para tomar decisiones cotidianas sin un consejo o reafirmación excesiva por parte de otros; y un miedo intenso e incapacitante a la separación y al abandono real o imaginado.
Es crucial realizar un diagnóstico diferencial para descartar otras condiciones que pueden presentar síntomas superpuestos. En este caso, se descartaron de forma activa los trastornos del estado de ánimo (como la depresión mayor, que podría cursar con indecisión, pero que presenta otros síntomas cardinales ausentes aquí) y los trastornos psicóticos.
Asimismo, se diferenció claramente del Trastorno Límite de la Personalidad (TLP), dado que la paciente no presentaba la inestabilidad afectiva marcada, la impulsividad, las conductas autolesivas, los sentimientos crónicos de vacío o los patrones caóticos en las relaciones interpersonales que son característicos del TLP.
Plan de tratamiento integral y abordaje terapéuticoEl manejo de este trastorno requiere un enfoque multimodal y a largo plazo, centrado en el fortalecimiento de la autonomía, la autoestima y las habilidades de afrontamiento del paciente.
Tratamiento Farmacológico: En esta paciente no se inició medicación psicotrópica de entrada, ya que no presentaba síntomas comórbidos de ansiedad grave o depresión clínica que así lo justificaran.
No obstante, se dejó establecido que, de surgir en el seguimiento episodios de ansiedad incapacitante o síntomas depresivos significativos asociados, se consideraría la utilización de ansiolíticos o antidepresivos (como Inhibidores Selectivos de la Recaptación de Serotonina - ISRS) como parte adjunta del tratamiento.
Tratamiento no farmacológico (pilar fundamental):
Psicoterapia Individual: Se implementó como intervención principal la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), adaptada específicamente para el TDP.
Los objetivos terapéuticos incluyen: el fortalecimiento de la autonomía y la capacidad para la toma de decisiones independientes; la reestructuración de creencias disfuncionales centrales sobre su propia incapacidad e ineptitud; la reducción gradual y el manejo del miedo irracional al abandono; y el entrenamiento sistemático en habilidades de afrontamiento y asertividad para que pueda expresar sus necesidades y opiniones de forma saludable.
Terapia de apoyo: Se complementa con un enfoque de terapia de apoyo individual, enfocada en el desarrollo de una autoestima más sólida y en el establecimiento de límites interpersonales claros y saludables.
Rol del médico psiquiatra: El rol del especialista es fundamental para coordinar este abordaje. Este incluye: realizar y mantener una evaluación clínica integral; establecer y revisar el diagnóstico diferencial; educar tanto al paciente como a su entorno cercano (en este caso, su pareja) sobre la naturaleza del trastorno, fomentando un ambiente de apoyo que no perpetúe la dependencia; coordinar el manejo interdisciplinario, principalmente con el psicólogo o terapeuta; y brindar un seguimiento continuo y apoyo a largo plazo, dada la cronicidad del trastorno.
Evolución médica y pronósticoCon la instauración del plan de tratamiento descrito, la paciente ha mostrado una mejoría progresiva en varios frentes. Se observó una reducción significativa en los niveles de ansiedad que experimentaba ante situaciones de separación, incluso breves, de figuras de apego.
Ha desarrollado una mayor capacidad para tomar decisiones cotidianas de forma independiente, empezando por asuntos menores y avanzando gradualmente hacia decisiones de mayor relevancia. Si bien persiste un cierto grado de dependencia emocional, especialmente en situaciones de estrés, la paciente ahora presenta un mejor control sobre estos impulsos y, lo que es más importante, una conciencia significativamente mayor (mejor insight) sobre su condición y los patrones que la caracterizan.
Esto le permite identificar las situaciones de riesgo y aplicar las estrategias de afrontamiento aprendidas en terapia.
ConclusiónEl Trastorno Dependiente de la Personalidad es una condición psiquiátrica crónica que impacta profundamente la autonomía personal y la calidad de las relaciones interpersonales. Como se ilustra en este caso clínico, sus síntomas —a menudo enmascarados por la sumisión y la búsqueda de aprobación— pueden generar un deterioro funcional sustancial.
Un diagnóstico clínico oportuno y preciso, seguido de un abordaje terapéutico integral y personalizado centrado en la psicoterapia (especialmente la TCC), puede permitir una mejoría significativa. El objetivo final del tratamiento no es solo la remisión sintomática, sino fortalecer la independencia emocional del paciente, mejorar su funcionalidad en todos los ámbitos de su vida y, en definitiva, favorecer una mejor y más autónoma calidad de vida.
El pronóstico es favorable cuando el paciente se compromete con un tratamiento a largo plazo y desarrolla las herramientas necesarias para gestionar su dependencia.