Cansancio persistente y dolor en el abdomen: Síntomas que podrían revelar hígado graso no alcohólico

Esta afección hepática avanza sin síntomas evidentes y se vincula directamente con el sobrepeso, la diabetes y los malos hábitos alimentarios.

Por: Laura Guio


La enfermedad del hígado graso no alcohólico se ha posicionado como uno de los problemas de salud más frecuentes en todo el mundo.

 A diferencia de otras afecciones hepáticas, esta condición no está relacionada con el consumo excesivo de alcohol, sino con factores como el sobrepeso, la diabetes tipo 2 y los niveles elevados de colesterol.

Según los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH), esta enfermedad se caracteriza por la acumulación excesiva de grasa en el hígado, ubicado en la zona superior del abdomen. Lo más preocupante es su naturaleza sigilosa: puede avanzar durante años sin manifestar señales claras, lo que dificulta su detección temprana.

Dos caras de una misma enfermedad

La condición se presenta en dos formas principales. La primera es el hígado graso simple, donde existe acumulación de grasa pero sin inflamación significativa ni daño celular. La segunda, conocida como esteatosis hepática no alcohólica, es más grave: implica inflamación, deterioro de las células hepáticas y puede evolucionar hacia fibrosis, cirrosis e incluso cáncer de hígado.

Harvard Health destaca que el hígado, a pesar de ser el órgano interno más grande del cuerpo y realizar más de 500 funciones vitales, no está exento de vulnerabilidades. Con un peso aproximado de 1,4 kilogramos y un tamaño comparable al de un balón de fútbol americano, este órgano produce colesterol, secreta bilis para digerir grasas y filtra toxinas de la sangre. Sin embargo, la diabetes y la obesidad representan sus principales amenazas.

Síntomas casi imperceptibles

Uno de los mayores desafíos para enfrentar esta enfermedad radica en que las señales de alerta suelen ser sutiles o completamente ausentes en las etapas iniciales. 

Muchas personas descubren que padecen hígado graso de manera accidental, durante controles médicos de rutina o cuando ya han surgido complicaciones.

El NIH señala que ciertos factores aumentan significativamente el riesgo de desarrollar esta afección: sobrepeso, antecedentes familiares de diabetes tipo 2 y colesterol elevado. En estos casos, los chequeos médicos periódicos resultan fundamentales.

Cuando aparecen síntomas, estos suelen ser inespecíficos: cansancio persistente o dolor leve en la parte superior derecha del abdomen. El diagnóstico generalmente combina análisis de sangre que muestran alteraciones en las enzimas hepáticas, estudios de imágenes para evaluar el tamaño y textura del hígado y, en algunos casos, biopsias para analizar el tejido en detalle.

La dieta mediterránea como aliada principal

La modificación de los hábitos alimentarios constituye una de las estrategias más efectivas para prevenir y controlar el hígado graso no alcohólico. Los expertos coinciden en que una alimentación equilibrada puede reducir significativamente el avance de la enfermedad.

Según AARP, la dieta mediterránea emerge como uno de los patrones alimentarios más adecuados para quienes padecen esta condición. Diversos estudios científicos respaldan este enfoque, rico en grasas monoinsaturadas y ácidos grasos omega-3, y bajo en carbohidratos refinados. Entre sus beneficios destacan la reducción de la inflamación hepática y la mejora del perfil metabólico.

Este plan alimentario promueve el consumo abundante de aceite de oliva, nueces, frutas frescas, verduras, legumbres y pescado. Al mismo tiempo, recomienda limitar productos como pan blanco, pastas refinadas, dulces y chocolates.

Mayo Clinic explica que la dieta mediterránea se fundamenta en los hábitos culinarios tradicionales de los países que bordean el mar Mediterráneo. Se caracteriza por un alto consumo de alimentos de origen vegetal, cereales integrales, frutos secos y semillas, además del uso frecuente de hierbas y especias. El pescado, las aves, los huevos y las legumbres deben incorporarse semanalmente, mientras que la carne roja y los productos con azúcares añadidos deben reducirse al mínimo.

Evitar los enemigos del hígado

Los especialistas también enfatizan la importancia de eliminar las bebidas azucaradas como refrescos, jugos procesados y té endulzado, ya que estos productos contribuyen directamente a la acumulación de grasa hepática. Asimismo, recomiendan priorizar alimentos con bajo índice glucémico, especialmente frutas, verduras y cereales integrales, que generan un menor impacto en los niveles de glucosa sanguínea.

Otro factor crucial es la reducción del consumo de alcohol. Aunque el hígado graso no alcohólico no esté causado por el alcohol, su ingesta, incluso en cantidades moderadas, puede agravar el daño hepático. El hígado metaboliza la mayor parte del alcohol consumido, proceso durante el cual se generan sustancias tóxicas que dañan las células hepáticas y debilitan las defensas naturales del organismo.

El NIH recomienda que las personas con sobrepeso u obesidad busquen una reducción gradual de peso bajo supervisión médica, para evitar complicaciones adicionales y maximizar los beneficios para la salud hepática.




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