Su diagnóstico es un reto, ya que muchas veces no existe una única causa identificable y suele requerir la participación de un equipo multidisciplinario que integre ginecología, urología, gastroenterología, fisioterapia y manejo del dolor.
Por: Katherine Ardila
El dolor pélvico crónico es un dolor persistente de seis meses o más, localizado en la zona inferior del abdomen, entre el ombligo y las caderas. Puede ser tanto un síntoma de otra enfermedad como una afección en sí misma.
Cuando la causa es identificable como una endometriosis o una infección, tratar ese problema de base suele aliviar el dolor. Sin embargo, en muchos casos, las pruebas no logran encontrar un origen claro.
En esas situaciones, el objetivo se centra en controlar el dolor, manejar los síntomas y, sobre todo, mejorar la calidad de vida de quien lo padece.
Eso es el dolor pélvico crónico (DPC): una condición que desafía tanto a quienes la padecen como a la medicina en sí misma por tantas variables.
A diferencia de un dolor agudo, que es una señal de alarma clara, el DPC es una enfermedad en sí mismo.No se manifiesta igual en todos. Puede ser:
- Una presión profunda: Como un peso intenso dentro de la pelvis.
- Un calambre constante: Similar a un dolor menstrual que nunca cede.
- Punzadas agudas: Dolores breves pero intensos que aparecen sin aviso.
- Ardor o malestar: Especialmente asociado a la vejiga o al intestino.
Puede ser intenso y constante, o aparecer y desaparecer. Este malestar suele intensificarse en ciertas situaciones: durante las relaciones sexuales, al orinar o defecar, o tras permanecer mucho tiempo sentado o de pie. Su impacto varía: para algunas personas es una molestia manejable; para otras, es tan severo que interfiere con el trabajo, el sueño y la actividad física.
A menudo, el dolor viene acompañado de otros síntomas, como urgencia para orinar, hinchazón abdominal, malestar estomacal, estreñimiento o diarrea.
Además, la complejidad de este dolor es porque, con frecuencia, no hay una sola causa. Es común que varias condiciones coexistan. Por ejemplo, una misma persona puede sufrir endometriosis y cistitis intersticial.
Entre las causas más frecuentes se encuentran:
- Endometriosis: Tejido similar al del útero que crece fuera de él, causando dolor e infertilidad.
- Problemas musculoesqueléticos: Como fibromialgia, tensión en los músculos del suelo pélvico o hernias.
- Lesiones nerviosas: Nervios atrapados o dañados tras una cirugía (como una cesárea) o por actividades repetitivas (como ciclismo). La neuralgia del pudendo es un ejemplo.
- Enfermedad inflamatoria pélvica crónica: Cicatrización prolongada por infecciones no tratadas.
- Síndromes funcionales: El síndrome de colon irritable y la cistitis intersticial (vejiga dolorosa) son fuentes comunes de presión y dolor.
- Otras causas: Fibromas uterinos, restos ováricos tras una cirugía o el síndrome de congestión pélvica (venas varicosas en la pelvis).
La salud mental juega un papel fundamental. El estrés prolongado, la depresión o un historial de abuso sexual o físico son factores de riesgo conocidos que pueden aumentar la vulnerabilidad al dolor.
Se crea así un círculo vicioso: el dolor alimenta el sufrimiento emocional, y el sufrimiento emocional intensifica la percepción del dolor.
Cuándo consultar al médico: Se recomienda buscar atención profesional cuando el dolor altera la vida diaria o cuando los síntomas comienzan a empeorar. Abordarlo a tiempo es el primer paso para romper el ciclo.
El diagnóstico y tratamiento: Un enfoque multidisciplinarEl mayor desafío del DPC es que rara vez tiene una sola causa. Con frecuencia, es la confluencia de varios problemas que se solapan y alimentan entre sí. El abordaje requiere una mirada integral, que suele involucrar a ginecólogos, urólogos, gastroenterólogos, fisioterapeutas y especialistas en dolor.
Cuando no se encuentra una causa única, el diagnóstico puede ser dolor pélvico crónico primario o sindrómico, lo que significa que el propio sistema nervioso se ha sensibilizado, amplificando las señales de dolor.
No existe una píldora mágica. El tratamiento eficaz requiere una combinación de estrategias personalizadas:
Tratamientos de primera línea:
- Fisioterapia de suelo pélvico: Es fundamental. No se trata solo de fortalecer, sino de relajar, estirar y reeducar músculos que suelen estar en constante tensión.
- Terapias psicológicas: Para desarrollar herramientas de manejo del dolor, abordar el trauma y gestionar el impacto emocional.
- Modificaciones en el estilo de vida: Identificar y evitar desencadenantes, manejar el estrés con técnicas de mindfulness o yoga, y aplicar calor local para relajar la musculatura.
Intervenciones médicas:
- Fármacos: Analgésicos, relajantes musculares, neuromoduladores (como la gabapentina) que calman nervios hiperactivos, o antidepresivos en dosis bajas para modular la percepción del dolor.
- Terapias hormonales: Útiles cuando la endometriosis es un factor.
- Bloqueos nerviosos: Inyecciones para "apagar" nervios específicos que transmiten el dolor.
- Cirugía: Siempre es el último recurso y solo se considera para causas muy específicas, como la extirpación de focos de endometriosis.
No normalice el dolor. Consulte a un profesional si el dolor: interfiere con su vida diaria, le impide dormir, trabajar o mantener sus relaciones y viene acompañado de otros síntomas preocupantes (sangrado, fiebre, pérdida de peso).
El camino puede ser largo, pero con un abordaje integral, el manejo efectivo y la recuperación de la calidad de vida son posibles.