Similitudes alarmantes entre los antivacunas y los antimascarillas

Tanto los movimientos antivacunas como los nuevos antimascarillas han puesto en tela de juicio la evidencia científica y los estudios que respaldan la eficacia de las vacunas y los tapabocas para evitar enfermedades y virus.

Agencia Latina de Noticias de Medicina y Salud Pública

Estados Unidos se ha caracterizado por tener grupos denominados antivacunas que promueven campañas en contra de la inmunización. Ahora, en tiempos de COVID-19 ha surgido un grupo de personas que se oponen rotundamente al uso de mascarillas o tapabocas para evitar el contagio del nuevo coronavirus, pese a que estudios han ratificado su eficacia.

Los denominados “antimascarillas” poseen diversos orígenes étnicos y basan sus creencias en diversas experiencias personales, religiosas y culturales. La mayoría de personas que comparten estos ideales inculcan las mismas creencias en sus hijos con la premisa de que como son su descendencia pueden decidir completamente sobre ellos y en lo que deben creer. 

De allí, parte una de las principales complicaciones e incidencias debido a que se han afianzado en el contexto de un momento cultural que pone énfasis en el individuo por encima de la comunidad, en el interés propio por encima del bien común.

 Tanto los movimientos antivacunas como los nuevos antimascarillas han puesto en tela de juicio la evidencia científica y los estudios que respaldan la eficacia de las vacunas y los tapabocas para evitar enfermedades y virus. Algunos de los argumentos más ilógicos hasta el momento por parte de estos movimientos son que las vacunas causan autismo y que los tapabocas aumentan los niveles de dióxido de carbono de los pacientes. Ambos mitos descalificados a rajatabla.

Los argumentos antes expuestos han hecho que estos movimientos intimiden a la población, lo que sirve como coartada para que más personas se unan a estos grupos y aumente la desinformación sobre temas tan importantes como la vacunación y el uso de mascarillas para evitar contagio de virus como el COVID-19. 

Estos individuos han declarado como enemigos a los doctores, farmacéuticas y promotores de la vacunación segura. Lo que pone de manifiesto la falta de conocimiento sobre la ciencia, los estudios pre y clínicos para conocer qué tan efectiva y eficaz es la ciencia.

Esta unión en torno a una causa ha sido innegablemente efectiva para ambos grupos y la identidad que ha resultado de las tácticas es tan fuerte que parece completamente resistente a nuevas evidencias o argumentos. Pero su éxito no debe ser atribuido solo a sus tácticas.

¿Respaldo gubernamental?

Una de las principales preocupaciones acerca de los movimientos ya descritos es que algunos han sido “impulsados por personas influyentes en las decisiones científicas como Donald Trump. El mandatario estadounidense ha hecho post en su cuenta de twitter en los que expresa sus dudas sobre la eficacia de la inmunización mediante vacunas e incluso ha masificado el mito de que las vacunas causan autismo.

Además, Trump se ha negado en múltiples ocasiones a usar mascarilla frente a la opinión pública. Además, no ha hecho oficial en el país que toda la población deba usarla para evitar el contagio y propagación de COVID-19. 

Mucho después de que el coronavirus entrara a afectar la población, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) recomendaron por primera vez el uso de coberturas faciales para el público en general y se vio al presidente usando una, y fue durante esos valiosos meses que se produjo la confusión y la desinformación.

Estudios psicológicos consideran que los movimientos antivacunas y los nuevos antimascarillas reflejan demasiado la conducta humana. Sin embargo, con toda la desinformación que causan se posicionan como entes peligrosos, sobre todo durante una pandemia que ha cobrado cientos de vida a nivel mundial. 

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