Las señales que indican que un dolor puede ser una apendicitis

En el 99% de los casos, la localización del dolor es el síntoma típico de la apendicitis

No es raro que mujeres jóvenes acudan a consulta con dolores similares al de ovarios acaben siendo operadas por apendicitis, según un estudio publicado en el World Journal of Gastroenterology. A falta de datos en la exploración y de pruebas diagnósticas que la determinen de forma inequívoca, la apendicitis —apunta otra investigación— es la gran simuladora de enfermedades, que no depende de la edad ni de los antecedentes del paciente. “Hay que tenerla en cuenta en todos los diagnósticos diferenciales de dolor abdominal. Todo es un cúmulo de sospechas. Al tener un inicio similar al de una gastroenteritis, la hace indistinguible“, explica el médico de familia José Francisco Ávila, coordinador del grupo de Nuevas Tecnologías de la Sociedad de Medicina de Familia y Comunitaria (SemFYC).

¿Qué señales pueden ayudarnos a identificar el dolor de apendicitis? La falta de sensación de hambre y la localización del dolor son claves, pero no son las únicas señales. Estos son los ocho síntomas que debemos tener en cuenta:

Falta de apetito 

Es el signo más frecuente entre los casos de apendicitis y del que derivan todos los demás, señala el médico de familia Francisco Camarelles, miembro del grupo de Educación Sanitaria del Programa de Actividades Preventivas y de Promoción de la Salud (PAPPS), de la semFYC: “La falta de ganas de comer es algo que hay que valorar mucho, porque suele ser el signo de un problema grave”.

Es lo primero que aparece y va seguido del dolor. “A veces, el paciente pasa la mano por el centro de la tripa de forma muy difusa, diciendo que unas horas antes el dolor no estaba tan localizado y que no siente apetito. Al pararse el intestino, el cuerpo bloquea la sensación de hambre, rechaza de forma instintiva todo alimento para no hacer trabajar al tubo digestivo, donde hay un proceso infeccioso”, explica el facultativo José Francisco Ávila.

Dolor repentino en el ombligo que se desplaza hacia la zona inferior derecha 

En un primer momento, los pacientes sienten molestias en el abdomen, normalmente en el centro, en la zona periumbilical, explican los expertos. En algunos casos lo describen como si fueran retortijones, lo que explica que pueda acompañarse de alguna deposición con diarrea, algo que le hace parecer una gastroenteritis de inicio.

Al cabo de las horas, el dolor se irradia hacia abajo y se focaliza en la fosa ilíaca derecha, el cuadrante inferior derecho del abdomen, cerca del hueso de la cadera. “Esto pasa en el 99% de los casos. La localización del dolor vale como síntoma estándar, aunque hay situaciones, como la del apéndice retrocecal, en las que dolor se da en el centro y hacia los genitales, por lo que puede confundirse con un cólico nefrítico“, señala Ávila y matiza que también “hay casos en los que no aparece dolor y en los que puede acabar en una perforación con peritonitis“.

Dolor intenso al inhalar profundamente o realizar cualquier movimiento repentino 

Para identificar el problema, una de las pruebas médicas es la maniobra de valsalva —muy similar a la forma automática que tenemos de estornudar o al apretar al defecar—, que consiste en que el paciente coja aire fuerte y lo aguante. Así, aumenta la presión dentro del abdomen y, al apretar, crece el dolor.

Del mismo modo que la molestia que empeora a las dos horas de aparecer, esta es una señal característica pero no específica de la apendicitis. Se presenta en cualquier proceso inflamatorio dentro de la cavidad abdominal”, advierte Ávila. Un dolor muy intenso también es propio de una peritonitis muy avanzada, “pero es infrecuente que una persona con apendicitis se doble de dolor cuando llega a la consulta”, señala Camarelles.

Abdomen hinchado 

Al bloquearse el movimiento intestinal, se produce una acumulación de gas que produce una sensación de plenitud, aunque no se haya comido nada en unas horas. “Se suele producir porque se inhibe el movimiento del intestino por el foco infeccioso de la apendicitis. El gas se acumula, se hincha la tripa porque el paciente no lo elimina. Se cierra el sistema de evacuación del intestino, y aparecen las ganas de ventosear y la frustración de no poder“, apunta Ávila. También es una señal frecuente la sensación de alivio al defecar. “Se trata de un reflejo. Siempre cuando se defeca —pasa igual en una gastroenteritis—, parece que se relaja el intestino, aunque al cabo de unos minutos vuelve el dolor”, aclara este especialista.

Náuseas y vómitos 

En el caso de la apendicitis, suele haber más náuseas que vómito, a diferencia de la gastroenteritis”, indica Camarelles. Para Ávila, se trata de datos que hay que sumar a la sospecha de apendicitis: “Ante la duda de si puede ser una apendicitis o un cólico nefrítico, para el segundo se puede pedir un análisis de orina y, si no hay sangre en el sedimento, puede que estos síntomas, acompañados de dolor, no sean de un cólico nefrítico. Normalmente, se hacen tres o cuatro diagnósticos diferenciales y, aunque para la apendicitis no hay prueba especifica, a lo mejor las hay para los otros diagnósticos y se van descartando”.

Cuando el vómito o la náusea se producen por apendicitis, se trata de una reacción vasovagal, cuando la intensidad del dolor provoca que el estómago se revuelva. “Estimula el sistema parasimpático, baja la tensión arterial, por lo muchas veces la gente se queda pálida y tiene sudores. Pero también puede pasar en un cólico nefrítico, que produce un dolor igual de intenso en el abdomen; siempre conviene hacer el diagnóstico diferencial”, concluye Ávila.

Estreñimiento y diarrea 

La apendicitis puede producir estreñimiento en algunos casos y diarrea en otros. Esto se debe a que el cuadro inflamatorio produce una alteración funcional en el intestino, que en algunos pacientes hace que este se contraiga más rápido y se vacíe, produciendo una diarrea, mientras que en otros el intestino se inhibe y bloquea el movimiento al desencadenarse más dolor, lo que provoca estreñimiento. “Como la apendicitis da la cara en un número limitado de horas —de entre seis a 12—, el estreñimiento no llega a notarse, a diferencia de la diarrea que sí obligará a ir cinco veces al baño en pocas horas, por la aceleración del tránsito intestinal“, explica Ávila.

Fiebre leve que se vuelve más severa a medida que el dolor aumenta 

Los pacientes que tienen apendicitis suelen empezar a tener una febrícula que no supera los 38ºC, después sube un pico de fiebre que puede alcanzar los 39ºC o 40ºC. En algunos casos es muy débil y en otros, muy fuerte, depende de cada paciente, explica Ávila: “Hay personas más sensibles a los mediadores químicos de la fiebre que, ante infecciones muy pequeñas, tienen fiebres muy elevadas, y otras que, con infecciones severas, tienen muy poca fiebre“.

También depende de la edad: “En personas mayores, cuyo termostato endógeno funciona de forma lenta, puede haber infecciones muy severas con poca fiebre. Lo mismo ocurre con los niños muy pequeños, cuyo sistema de regulación de temperatura corporal se está desarrollando. Lo habitual es que a más infección, más fiebre, pero hay casos en que los síntomas son más sutiles“, continúa Ávila.

 

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