La inmortalidad del ser humano

Inmortalidad se refiere  a vivir eternamente. Ciertamente la muerte es el misterio más grande del ser humano.  Espiritualismo es un sistema filosófico que defiende la esencia espiritual y la inmortalidad del alma y se contrapone al materialismo. Frecuentemente cuestionamos a qué vinimos a este mundo; cuál es nuestro propósito al nacer, tener a nuestros padres, hijos y amigos, adquirir una gran cantidad de conocimientos y luego morir y separarnos de nuestros familiares y amigos para siempre. ¿Adónde van todos los conocimientos que adquiere el ser humano a lo largo de su vida?

La muerte es el igualador por excelencia y el más justo,  pues trata a todo el mundo por igual; sin excepción alguna, todos habremos de morir. ¿Pero, que nos ocurre después de la muerte?  El ser humano siempre ha aspirado a ser inmortal, a vivir indefinidamente.  La creencia en la inmortalidad se basa en continuar viviendo pero bajo unas circunstancias mejores que las que tuvimos en vida. Los religiosos de diferentes grupos o sectas hablan del cuerpo y el espíritu del ser humano.

Xeljanz – 300

Entre los filósofos antiguos, Confucio (551-478 AC) reconoció el principio de la inmortalidad del espíritu. Lao-Tzu, filósofo chino quien fundó el Taoismo, prometía la inmortalidad como recompensa a una vida correcta. Aristóteles creía que solo la inteligencia activa era inmortal.

El filósofo Albert Magnus (1206-1280) argumentaba que el espíritu es inmortal e independiente del cuerpo. Por otro lado, Pietro Ponponazzi (1462-1525) decía que la inmortalidad del espíritu no podía ser probada o refutada por el razonamiento. Immanuel Kant (1724 -1804) argumentaba que la idea de la inmortalidad del espíritu es una ilusión, un engaño.

René Descartes (1596-1650), filósofo francés, en sus Meditaciones en el 1637, trató de probar la existencia de Dios. Descartes decía que el dudar era muestra de su existencia, aún para sentirse engañado tenía que pensar y el pensar demostraba que existía y acuñó la frase, “Pienso, luego existo” (Cogito ergo sum).  Al estar seguro de su propia existencia mientras duda de cosas materiales lo lleva a pensar que la mente y la materia son cosas diferentes, por lo que concluye que el espíritu es inmortal.

Aun creyendo en la inmortalidad del ser humano, la humanidad ha estado plagada y sigue inmersa en engaños, robos, crímenes, corrupción abuso de niños, mujeres y ancianos. Existe una mezquindad y avaricia de los poderosos económicamente en contra de los pobres. La avaricia según la Biblia es el pecado más grande en que incurre el ser humano.   Vivimos bajo un capitalismo deshumanizante, insensible y atropellador.

La idea de la inmortalidad del ser humano ejerce una influencia moral muy potente. Si el ser humano descartara totalmente la idea de la inmortalidad que nos ofrece la religión, el mundo caería en una decadencia moral y espiritual insostenible.

Actualmente la ciencia nos ofrece un número significativo de nuevos adelantos médicos para vivir por muchos más años, pero saludables. Tenemos las vacunaciones, la prevención de enfermedades, nuevos procedimientos quirúrgicos, nuevas especialidades médicas, anestesia más segura, salas de recuperación, la creación de unidades de cuidado intensivo, nuevos antibióticos, radiología de avanzada, quimioterapia, radioterapia y otros. Pero la insatisfacción es tan grande que  nos conduce a la avaricia y a la mezquindad. El surgimiento de demandas por responsabilidad profesional médica ha inducido a los médicos a rechazar pacientes de alto riesgo, a retirarse a temprana edad, a emigrar del país o a trabajar como empleados del gobierno  que responde en casos de litigios médico-legales.

El Credo termina, “Espero la Resurrección de los Muertos y  la Vida del Mundo Futuro”.

Escoja usted amigo lector, cómo quiere comportarse en esta vida.

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