ENFERMEDADES INFECCIOSAS Apuntes históricos sobre su desarrollo en Puerto Rico hasta el siglo XX

Por: Bernard Christenson, MD FACP FIDSA
Miembro de Asociación Americana para la Historia de la Medicina y el Museo de la Historia de Medicina de Puerto Rico

Desde la aparición del hombre prehistórico, siempre hemos tenido un temor irracional a las pestes y las epidemias que atacaron a la Humanidad por los siglos. A pesar de los avances de la Medicina y del convencimiento de curar cualquier enfermedad infecciosa emergente, recientemente se demostró que el hombre moderno no puede enfrentar una epidemia altamente letal, como el virus de ébola, sin sentir ese temor ancestral que en ocasiones lo incapacita para reaccionar con rapidez a nivel nacional y mundial.

Con la creación de la subespecialidad de Enfermedades Infecciosas en Puerto Rico, más de una veintena de nuevas condiciones infecciosas han aparecido; todas ellas han estado impactando la práctica médica. A pesar de nuestros temores, nos hemos enfrentado con éxito a enfermedades milenarias, como la viruela y el polio.

En las últimas décadas, hemos luchado en contra del temible SIDA, y ahora nos tocan de cerca las infecciones bacterianas multiresistentes y el virus zika. Ante los retos de un futuro desconocido, no podemos olvidar nuestro pasado, ni a los colegas y compatriotas del ayer que enfrentaron los brotes y las epidemias que nos atacaron sin piedad durante los primeros cuatro siglos de nuestra historia. Esta reseña histórica sobre esas epidemias y brotes nos muestra la valentía y el compromiso de hombres y mujeres puertorriqueños en su lucha incansable contra males desconocidos para ellos. Nunca serán olvidados. Antes de la colonización europea del Nuevo Mundo, se ha documentado evidencia definitiva de ADN antiguo (ADNA) de enfermedades infecciosas como la tuberculosis en la población indígena, pero se desconoce si esta infección ocurrió en proporciones epidémicas, como la sífilis. Sin embargo, todavía no se ha podido determinar si las cepas de M. tuberculosis encontradas en la América pre-colombina son diferentes a las cepas virulentas asociadas con las epidemias del siglo XVIII en Europa occidental.

Hay referencias de cronistas de Indias, como Bernardino de Sahagún, que afirman que los mexicanos “tienen una tos perpetua y echan mucha flema, materia y sangraza cuajada” llamada chaqui oncoy, similar a la tuberculosis. Como enfermedad endémica en Puerto Rico, la peste blanca o la tisis consumían a sus víctimas en plena juventud, infectando a todos, ricos y pobres, de la sociedad puertorriqueña.

Desafortunadamente, tuvimos que esperar hasta el descubrimiento del bacilo de Koch, y en Puerto Rico, hasta la contribución monográfica del médico puertorriqueño, Martín R. Corchado Juarbe, a finales de siglo XIX, para comenzar la búsqueda de su cura en el siglo XX.

Una de las primeras fuentes sobre enfermedades, es la brevísima relación de la destrucción de las Indias del padre Bartolomé de las Casas, publicada en el 1552. Nos relata la destrucción de la población indígena, en gran parte por los abusos de los españoles y las enfermedades infecciosas que fueron introducidas por los españoles en la Española y “… las islas de Cuba, San Juan (Puerto Rico), Jamaica… e otras islas grandes e chicas…” Se ha estimado un descenso de un 95 por ciento de la población indígena precolombina hacia el 1650 por los efectos de las epidemias; o sea, de unos 100 millones de habitantes indígenas en las Américas solo quedaron unos 4,5 millones hacia el 1650. Hasta hace unos pocos años se creía que la primera gran epidemia en el Caribe y Puerto Rico fue causada por el virus de la viruela, pero durante la segunda expedición de Colón en 1494, el Almirante se contagió, junto con otros colonos. Era una epidemia de influenza, causada por un mixovirus, transmitido por los cerdos y caballos traídos por ellos mismos desde España en ese viaje.

Esta infección, según el padre las Casas, pudo haber infectado a más de 40,000 habitantes solamente en La Española. Reapareció posteriormente en México en 1519 y recurrentemente en el Nuevo Mundo hasta el siglo XVIII. Más tarde, de acuerdo con las descripciones del cronista Fray Iñigo Abbad y Lasierra, surgió otra gran epidemia en el 1519. Esa vez los negros esclavos traídos desde La Española fueron los responsables de una epidemia de viruelas, por lo que murió una tercera parte de los indios, junto con los españoles en la Isla. En sus escritos, Fray Iñigo Abbad atribuía a la naturaleza y al hábitat mismo las enfermedades que padecían los puertorriqueños: …“se ha buscado la causa de rápidos progresos que hizo la viruela, en los vientos australes, que son periódicos; pero es más verosímil sean las demás exhalaciones, que arroja esta tierra; y a la verdad que estos vapores crasos, y los que elevan frecuentemente de las lagunas, ríos y tierras anegadas, forma atmósfera cubierta siempre de álitos pestíferos, que puedan imprimir y disponer la naturaleza de estos habitantes a mayores estragos”. Estas epidemias recurrentes de la viruela y otras que se vieron en la Isla, en gran parte, fueron traídas a consecuencia del contrabando, desde 1582 hasta el 1815, en ausencia de un comercio transatlántico estable con la Península Ibérica. Fray Iñigo también menciona el “mal gálico” o la sífilis como cómplice de la epidemia de bubas: “Esta enfermedad cruel fue el azote terrible con que el cielo irritado quiso castigar en esta vida la licencia desenfrenada de los lascivos”. Pero fray Iñigo, sabiamente, tenía dudas sobre su origen: “Es opinión muy recibida que los indios la comunicaron a los españoles en cambio de las viruelas; pero antes que se descubrieran las Indias o se hiciese su conquista, había bubas en España.” pero estaba seguro que “estas dos calamidades han sepultado muchos millones de vivientes en uno y otro hemisferio, porque las bubas cundieron en pocos años por toda la Europa con síntomas violentos, progresos rápidos y tan funestos que eran inútiles todos los esfuerzos de la medicina”.

Gracias a estudios recientes en los que se evaluaron miles de esqueletos de cementerios prehistóricos en América, hoy en día se puede concluir que la sífilis se manifestaba en la Isla mucho antes de 1492, aunque probablemente se manifestaba de una forma leve, pero no venérea, como la frambesia. Se encontraron marcas características de la enfermedad, mejor conocida como pinta en el mundo hispánico. No fue hasta el 1904, cuando los doctores Agustín Stahl y Coll y Toste continuaron con el debate sobre origen de la sífilis en Puerto Rico. El Dr. Coll y Toste afirmaba, y los estudios actuales le dan la razón, que nuestros indígenas la padecían antes que los europeos conquistadores. Sin embargo, la percepción de los cronistas de la época y el saber popular europeo apuntaban a que no había duda de que la sífilis venía del Nuevo Mundo y que había exterminado a la mayoría de las grandes familias de Europa. El remedio indígena era el guayaco, una decocción del árbol guayaco, llamado el Palo Santo, traído desde la Española, por sus propiedades farmacológicas. Fray Iñigo comenta que “los indios para su curación, usaban el guayacán, palo santo…que abundaba en aquellas regiones, queriendo Dios poner el remedio junto con el mal…”

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